Serpiente de la Reencarnación [Spanish] 8 Capítulo 8

Los niños reunidos a su alrededor lo miraban con ojos llenos de expectativa mientras él leía cada página de aquel libro. Era posible que algunos de ellos ya hubiesen oído esa historia antes, quizás más de una vez, pero aún así todos se mostraban tremendamente interesados.

-Alzando su Espada Sagrada hacia los cielos, Santa Alicia hizo desaparecer el terror que su horrible enemigo había causado en sus compañeros y respondió: "Tus palabras están llenas de veneno pero tu corazón está vacío, Rey del Mal. No importa lo poderoso que seas o lo terribles que sean tus hechizos, las personas que amamos este mundo jamás dejaremos de luchar por él" -narró él de una forma exageradamente dramática, la cual su audiencia parecía disfrutar. Como el único huérfano capaz de leer, no era sorpresa que hubiese desarrollado cierto talento como cuentacuentos-. Ante tan inspiradoras palabras, los cruzados recuperaron sus fuerzas y alzaron sus armas al cielo como Santa Alicia. Las nubes en el cielo desaparecieron y los rayos del sol cayeron sobre el castillo del Señor Oscuro como no lo habían hecho en un largo tiempo. Los mismísimos dioses mostraban su apoyo-. Su voz había comenzado a ganar fuerza con cada palabra, como si él también estuviese motivado por ese discurso, pero, repentinamente, adoptó un tono mucho más sombrío-. Sin embargo, el corazón del Señor Oscuro realmente estaba vacío y no había lugar en él para la bondad, el amor, la compasión o el deseo de luchar por nadie más que él mismo, por lo que no pudo entender el significado de esas palabras y solo pudo reírse de ellas con gran crueldad. Entonces dijo: "Que así sea, si no se arrodillarán, entonces serán destruidos. Prepárense, mortales, están por enfrentar el poder de un verdadero dios".

La narración finalmente entró en el clímax de la historia, el enfrentamiento entre Santa Alicia y el Señor Oscuro. Los huérfanos parecían casi poseídos mientras él relataba aquel choque entre las fuerzas del bien y el mal con el futuro de las razas mortales en juego, una historia más que antigua que parecía atraer generación entre generación. En su mundo original, aquel probablemente hubiese sido un relato divertido pero demasiado cliché para la mayoría (a lo cual no ayudaba la poca habilidad del autor para narrar escenas o escribir diálogos interesantes), pero allí gozaba de una enorme popularidad, en gran parte porque estaba basado en eventos reales.

En aquel mundo, el término "demonio" se usaba para describir a aquellos mortales que habían hecho un pacto con el Dios del Mal, la más perversa de todas las deidades y la única que no recibía culto por parte de la Gran Catedral. Según decían los rumores, cualquiera que descubriese el nombre de aquel dios podría invocarlo y obtener un gran poder a costa de su propia alma. Ningún texto lo decía directamente y la mera idea era seguramente consideraba una herejía, pero Alistair comprendió que ese poder debía ser el mismo que las bendiciones otorgadas por las otras deidades a sus campeones, tanto los reencarnados como aquellos que se ganaban ese honor en vida, aunque la "bendición" de Dios del Mal acarreaba un precio terrible: aquellos que formaban ese pacto no solo entregaban sus almas para ganar poder sino que también mutaban en abominaciones salidas de una pesadilla, incapaces de ocultar su nueva naturaleza de los ojos de otras personas. A cambio, incluso el demonio más débil era capaz de desafiar a un caballero entrenado y tomar su vida si este llegaba a descuidarse.

Sin embargo, las razas mortales no habían comprendido realmente la amenaza de aquellos seres hasta que, aproximadamente seis siglos atrás, un demonio terriblemente poderoso había aparecido en el norte del continente. Subyugando o creando a otros como él para que sirviesen a su causa, aquel demonio alzó un ejército como jamás se había visto en toda la historia e inició una brutal campaña de conquista, dispuesto a someter a las razas mortales y destruir a aquellas que se opusiesen. Incontables naciones cayeron ante el poderío de las legiones demoníacas y pronto el terror se extendió por todo el mundo conocido. Por sus acciones, aquel demonio ganó todo tipo de títulos: el Señor Oscuro, el Rey Demoníaco, "El Opresor", "La Sombra de la Muerte", el Gobernante de las Tinieblas, "El Gran Enemigo", "El Profanador", el Rey del Mal, "La Lanza Negra" (nombre que compartía con su característica arma y, con una gran diferencia temporal, con la banda criminal de Bernard, quien probablemente había elegido ese nombre debido a lo que representaba), "El Padre de Mil Horrores", "El Mal Definitivo" y "El Supremo" (usado únicamente por sus seguidores); entre muchos otros más, cada uno relacionado con una cultura en particular y el efecto que había dejado en ellas.

Nadie parecía ser capaz de oponerse a la tiranía del Señor Oscuro, no sin ser destruido en el proceso, y, poco a poco, las razas mortales comenzaron a perder la esperanza, enfrentadas a un poder que las superaba de forma abrumadora. Los cuentos y libros de historia por igual recordaban esa época como la hora más oscura de las razas mortales, aquella en la que la maldad se alzaba triunfante y todo parecía perdido. Sin embargo, fue precisamente en ese momento cuando el primer rayo de esperanza se abrió paso entre tanta oscuridad, encarnado en la figura de Santa Alicia.

Los eruditos e historiadores llevaban siglos discutiendo sobre los orígenes de aquella mujer, en especial la tierra en la que había nacido, y cada uno blandía prueba irrefutable de que esta había nacido en territorio de tal o cual nación actual, motivados claramente por intereses políticos. Algunas historias aseguraban que había nacido en lo que ahora era territorio del Reino de Adras, otras que provenía de lo que eventualmente se había convertido en la Federación Trudiana, y luego estaban las versiones que negaban que hubiese sido humana y aseguraban que había pertenecido a una infinidad de razas distintas, con su nombre variando tanto como el del Señor Oscuro. Era imposible determinar cuál era la verdad (aunque la Gran Catedral la promovía como una figura humana), todo lo que estaba claro era que aquella santa mujer había desafiado a las legiones del Señor Oscuro cuando nadie más parecía dispuesto a seguir haciéndolo y había entregado a las razas mortales sus primeras victorias.

Tan determinada como poderosa, Santa Alicia enfrentó a los siervos del Señor Oscuro allí donde los encontró, liberando a pueblos oprimidos y reclutando a todos aquellos dispuestos a seguir luchando. Eventualmente, las razas mortales se unificaron bajo una sola bandera, lideradas por la propia santa, y así dio inicio lo que pasaría a ser conocido como la Gran Cruzada.

Abundaban los relatos sobre los eventos que habían ocurrido durante aquella masiva guerra, relatos de gloriosas victorias y devastadoras tragedias, de las épicas aventuras de Santa Alicia y sus leales compañeros y de las increíbles batallas de los cruzados, entre otros. La Gran Cruzada se había extendido por muchos años y cambiado la historia del mundo como ningún otro suceso, pero al final ni siquiera todo el poder de Santa Alicia, ante cuya espada sagrada habían caído muchos de los Pilares Infernales (los siervos más leales y poderosos del Señor Oscuro), o el de todas las razas mortales unidas fue suficiente para otorgarles una victoria decisiva sobre su terrible enemigo. Enfrentados con la certeza de que solo les esperaba la destrucción si seguían su curso actual, los cruzados eligieron un plan mucho más osado y peligroso: enviar a Santa Alicia y sus compañeros a infiltrarse al castillo del Señor Oscuro, una temible fortaleza que este había erigido en el corazón de su dominio, para que estos lo enfrentasen y acabasen con él de una vez y para siempre. Sin su líder, las legiones infernales colapsarían y los cruzados podrían poner un fin a aquella era de oscuridad.

Sobraba decir que el plan había sido un éxito y que, en un suceso digno de una obra de ficción, Santa Alicia y sus compañeros se habían enfrentado al Señor Oscuro en una batalla que pasaría a la leyenda. Cada autor tenía su propia versión de los increíbles poderes y habilidades que cada uno de ellos había demostrado y los prodigios que habían ocurrido, pero al final lo único certero era que Santa Alicia había triunfado sobre su enemigo y este había sido destruido. Sin embargo, la heroína de las razas mortales no conseguiría celebrar su victoria, pues perdería la vida poco después, al sacrificarse para destruir la fortaleza de su caído enemigo e impedir que sus fuerzas alcanzasen a sus compañeros.

Al igual que el cuento que Alistair estaba leyendo, así concluía aquella historia. Motivados por el sacrificio final de Santa Alicia, los cruzados purgaron a las legiones infernales, ayudados en gran parte por el sinfín de disputas internas que se habían desatado entre los pretendientes a la posición de Señor Oscuro dentro de sus filas. Triunfantes, las razas mortales celebraron su supervivencia y lamentaron la muerte de su heroína, y así inició una nueva era para todos ellos, con el calendario usado por casi todas las razas y naciones iniciando con el año de aquella victoria. Esa victoria también marcó la formación y ascenso al poder de la Gran Catedral, la cual dedicaría gran parte de su existencia a sanar las heridas dejadas por el Señor Oscuro y asegurarse que aquella era de caos y terror jamás se repitiese.

Todo aquello era tan increíble que, incluso si uno descontaba las partes que se habían convertido prácticamente en mito, era difícil de creer, pero hace mucho tiempo ya que Alistair había comprendido que la lógica de ese mundo era distinta a la de su mundo original.

Dejando de lado su importancia histórica, el relato de Santa Alicia y el Señor Oscuro guardaba información de mucho interés. Para empezar, la mención de sus dos figuras centrales como individuos extremadamente poderosos y talentosos, ambos bendecidos por los dioses de un modo u otro. Esa no era la única mención de personas así en la historia de ese mundo, sino que por el contrario individuos excepcionales como esos habían dejado su marca prácticamente en cada rincón en el que uno mirase, aunque ninguno con tanta fuerza como ellos. No había ninguna explicación para la existencia de esos sujetos más allá de algún tipo de voluntad divina o casualidad y tampoco existía teoría alguna de que todos pudiesen tener algo en común o poder ser agrupados en un mismo grupo, o al menos ninguna que él hubiese conseguido descubrir. Sus propias suposiciones eran en parte una teoría, pues no tenía forma de probarlas completamente, pero Alistair estaba bastante seguro de que esas figuras excepcionales habían sido personas reencarnadas como él, lo cual no solo explicaría la inusual inteligencia y el increíble poder nato que casi todas parecían haber poseído sino que también el que tantos conceptos, conocimientos y nombres de su mundo anterior existiesen en ese mundo. Claro está, también existía la posibilidad de que algunas de esas figuras, en particular las de pasado ambiguo como los protagonistas de ese relato, hubiesen obtenido sus dones mucho después de nacer, o que el conocimiento atribuido a las mismas hubiese venido de otras personas reencarnadas carentes de renombre, pero su instinto le decía que ser tan escéptico no era lo adecuado en ese caso.

Indiferentemente de cuál fuese la verdad, no había duda de que todos esos eventos y figuras estaban repletos de señales de intervención de los dioses, aunque, curiosamente, pocos relatos mencionaban la intervención directa de los dioses y cuando lo hacían, era en forma de desastres naturales o plagas ¿Acaso los dioses usaban a sus campeones para influenciar el mundo porque no podían hacerlo por cuenta propia? ¿O preferían hacerlo así porque los métodos a su alcance carecían de fineza? También era posible que hubiese quienes pudiesen intervenir directamente y los que no, pues incluso la religión de la Gran Catedral discriminaba a aquellos dioses relacionados con elementos de la naturaleza anteriores a la existencia de las razas mortales, como el océano, la tierra o la muerte, de aquellos dioses relacionados con elementos propios de la razas mortales como la justicia, el comercio o la guerra. Era un asunto que valía la pena indagar en caso de aquel algún dios llegase a oponerse a su ambición en el futuro, pero en el presente carecía de los medios o el tiempo para hacerlo.

Dejando a un lado el asunto de las personas reencarnadas, aquel relato también le había revelado la existencia de un método seguro para que una persona obtuviese el mismo poder que los dioses daban a sus elegidos, aquel poder que él no poseía al haber sido invado por error: el pacto con el Dios del Mal. Alistair no tenía ningún interés en hacer ese pacto por su cuenta, pues su encuentro con Ur había causado que valorase un poco más su alma, y convertirse en un monstruo arruinaría completamente sus planes, pero si realmente era posible obtener un poder igual al de una bendición divina con ese método, sería un desperdicio no investigar más sobre el asunto si tenía la oportunidad de hacerlo, aunque obtener ese conocimiento prohibido sería complicado y riesgoso.

Al final, estaba forzado a dejar esos planes para un futuro, pero aún así tener en cuenta esas cosas ya de por si era valioso. Después de todo, el conocimiento era una de sus herramientas más valiosas, no por nada había pasado la última década consumiendo cuántos libros le había sido posible. Cuanto más comprendiese sobre ese mundo y sus reglas, más fácil lo tendría para manipularlas a su favor.

-La historia de Santa Alicia no deja de ser emocionante sin importar cuantas veces nos la cuenten, ¿verdad? -escuchó a la Hermana Margaret preguntar a sus espaldas. Al voltearse, la encontró en compañía de la Hermana Grace, quien lo miraba con la misma precaución pobremente disimulada de siempre. La anciana parecía tener algo en su contra desde que él tenía memoria, aunque esta intentaba ocultarlo y él pretendía no notarlo-. Aunque siempre lloro al llegar al final.

-Es muy triste -dijo Evelyn, luchando contra las lágrimas y la mucosidad que brotaban de sus ojos y nariz- ¿Por qué tuvo que morirse si había ganado?

- ¡Sus compañeros tendrían que haberla salvado! -exclamó Coll, casi ofendido por lo que él veía como una muerte injusta- ¡¿Cómo pudieron irse y dejarla allí sola?! ¡Si yo hubiera estado allí, me habría quedado a luchar!

El resto de los huérfanos dieron señales de tener más o menos la misma opinión. En esa etapa de sus vidas, aún poseían ilusiones sobre la justicia y la injusticia y la ferviente creencia de que los justos y altruistas merecían ser recompensados y encontrar un final feliz mientras que los malvados debían ser castigados, una forma de pensar reforzada por las enseñanzas de las monjas. Alistair no se burlaba de ellos por eso o los consideraba estúpidos, pues él aún recordaba haber sido un niño y haber poseído esa forma de ver el mundo tan simplista e inocente. Dadas sus circunstancias, esos huérfanos se habían visto obligados a enfrentar la realidad de forma mucho más dura y abrupta que él y les quedaban pocas ilusiones como esas. Un adulto amargado quizás las destruiría en un intento por hacerlos madurar y "fortalecerlos", pero él comprendía que esos métodos bruscos rara vez cumplían su propósito. Él prefería hacer las cosas de una forma más delicada.

-Seguramente ella les pidió que lo hicieran, quizás se dio cuenta de que si ella no se sacrificaba, todos iban a morir -sugirió, anticipándose a una posible respuesta por parte de las monjas-. Sus compañeros seguramente pensaban igual que tú, pero ponte en el lugar de Santa Alicia: si nosotros estuviésemos en una situación en la que incluso si luchamos no podríamos salir vivos, ¿acaso les pedirían a los demás que se queden con ustedes y mueran juntos o les pedirían que se vayan mientras ustedes entretienen al enemigo?

Coll pareció estar a punto de responder, pero las palabras no salieron de su boca y, como los demás, permaneció en silencio mientras pensaba en esa pregunta. Esa era probablemente una de las primeras veces que ellos se enfrentaban a un dilema de ese tipo, pues no era el lugar de un niño el cuestionarse cosas tan complejas. Sin embargo, hacerlo ayudaría a su desarrollo, en el cual él tenía gran interés.

- ¿Qué harías tú, Al? -preguntó el niño, sin haber encontrado una respuesta que lo dejase satisfecho.

Tuvo que reprimir el impulso de felicitar a Coll, pues esa era probablemente la mejor "respuesta" que podría haberle dado. Antes que responder de forma descuidada o exponer su naturaleza ante la otra persona, devolver la pregunta y ponerla a ella en esa posición no solo le conseguía a uno más tiempo para pensar, sino que también le permitía aprender más sobre la otra persona y la respuesta que esta esperaba. Dicha persona podía devolver el golpe insistiendo en que el otro respondiese primero, pero eso solo era posible si esta poseía una posición que le permitía actuar de forma tan forzosa, de otro modo se arriesgaba a dejar una mala impresión o exponer sus verdaderas intenciones.

Esa había sido una buena jugada, tomando en cuenta la edad y circunstancias del niño, pese a que Alistair sabía que este no había considerado eso al devolver la pregunta. Al igual que siempre y en base a la relación que él había formado intencionalmente con esos niños, en su momento de duda, Coll había acudido a quien veía como una mezcla entre hermano mayor, mentor y líder en busca de sabiduría.

Pese a que a simple vista esa parecía una mera conversación entre amigos, la respuesta que les ofreciese bien podía dejar un profundo efecto en ellos, así como afectar su relación. Habría quien le diría que preocuparse por detalles como esos cuando lidiaba con niños era algo innecesario e incluso obsesivo, pero esa no sería más que la opinión de un ignorante. De solo querer manipularlos de forma superficial y utilizarlos para algo en concreto, Alistair no necesitaría ser tan meticuloso, pero lo que él deseaba no era convertirlos en una herramienta de un solo uso, sino que en subordinados genuinamente leales a él y ese tipo de lealtad absoluta no se conseguía con facilidad.

-Escaparía, incluso si eso causa que otros mueran en mi lugar -respondió él con completa calma y naturalidad-. Incluso si, como Santa Alicia, tuviese el poder suficiente como para entretener al enemigo a costa de mi vida, aún así escaparía-. Admitió aquello sin vergüenza alguna, pese a que la sociedad marcial del Reino de Praiven miraba con malos ojos actitudes como esas-. Al fin y al cabo, yo no soy como ella, no quiero morir, incluso si es por una buena causa, quiero seguir vivo para ver más de este mundo y descubrir cosas nuevas y eso no lo sacrificaría por nada ni nadie.

Les estaba diciendo de forma directa que él no se sacrificaría por ellos, que a sus ojos sus vidas poseían menos valor que la suya. Algunos de ellos, sino todos, seguramente se sentirían decepcionados por ello e incluso habría quienes tendrían una opinión menos positiva de él, pero esa era una desilusión necesaria. Alistair deseaba subordinados leales, pero la lealtad basada en una mentira era una cosa terriblemente frágil y, por lo tanto, riesgosa.

No le habría costado nada decirles que él moriría con gusto por ellos si era necesario y era seguro que habría podido convencerlos completamente de que él realmente era ese tipo de persona altruista y noble, pero tal engaño no tendría sentido. Quizás así se ganaría una mayor lealtad y devoción de su parte, pero si llegaba el día en que tuviese que probar esas palabras, sus mentiras quedarían expuestas y la relación entre ellos colapsaría completamente, hasta el punto en que podrían llegar a abandonarlo, traicionarlo y antagonizarlo.

Él jamás había dudado ni dudaría en engañar y manipular a otros para sus propios fines, pero esa era una de las pocas cosas en las que él estaba dispuesto a ser honesto. Cualquiera que fuese a servirlo, no como un mero esbirro sino que como un subordinado cercano, debía comprender esos aspectos de su naturaleza y aceptarlos.

Después de todo, él había conocido mejor que nadie la decepción de ser traicionado por aquel a quien más admiraba.

- ¿Entonces no sacrificarse es lo correcto? -preguntó Oliver, igual de confuso que antes.

-No hay una respuesta correcta cuando se trata de estas cosas -respondió Alistair-. Cada persona tiene sus propias creencias y cosas que considera importantes y son ellas las que hacen que tengan su propia respuesta. Santa Alicia valoraba más la vida de sus compañeros que la suya propia, así que eligió sacrificarse para salvarlos, y yo valoro más mi vida que la de otros, por lo que habría decidido sacrificarlos para salvarme-. Eso simplificaba las cosas enormemente, pero así era mejor, esos niños deseaban una respuesta clara, no una compleja-. Si aún no tienen su respuesta, no hay nada de malo en tomarse su tiempo para descubrirla.

Todos los huérfanos parecieron sumirse en una suerte de introspección en busca de esa respuesta, aunque claramente sus mentes infantiles no estaban preparadas aún para reflexiones de ese tipo. Más que estar analizando el asunto, parecían estar haciendo un esfuerzo físico para forzar ese descubrimiento, lo cual ofrecía una imagen más que divertida.

-Alistair tiene razón, la decisión depende de ustedes, pero eso no quiere decir que tengan que encontrarla por su cuenta -intercedió la Hermana Margaret, habiendo notado finalmente que había quedado apartada de aquella conversación. Parecía alegre de ver a sus protegidos tomando parte de una discusión tan filosófica, pese a que las ideas profesadas por Alistair no se alineaban con los valores de altruismo, sacrificio personal y caridad que promovía la Gran Catedral. La Hermana Grace, por su parte, parecía más ofendida por aquello, aunque permaneció callada-. Si tienen dudas o están perdidos, nosotras estaremos aquí para ayudarlos, al igual que sus amigos. Aún cuando crean estar solos, la diosa Amaria siempre estará ahí para protegerlos y guiarlos, ella no los abandonará si ustedes no la abandonan.

Ese era exactamente el tipo de comentario que él habría esperado de ella. La devoción de la Hermana Margaret por la causa de su diosa era conocida por todo Dalry y fácilmente eclipsaba la de cualquier otro fiel en la ciudad, exceptuando a los más extremistas. Alistair había aprendido a respetar la dedicación de la monja a los valores de su culto, pese a que no los compartía ni consideraba sus consejos como otra cosa que las creencias de una persona demasiado idealista.

Con la lectura terminada y aquellos asuntos aún rondando las mentes de los niños, el grupo se separó, cada uno partiendo por su lado con propósitos distintos. Alistair aún tenía tiempo antes de tener que ir a "El Yelmo Quebrado" y planeaba pasarlo leyendo algo más cercano a sus intereses que ese cuento infantil, pero antes de que pudiese ir a la biblioteca del convento, notó a la Hermana Margaret acercándose, esta vez sin estar en compañía de la Hermana Grace.

-Buenos días, Hermana Margaret -dijo él, cortés.

-Buenos días, Alistair -dijo ella mientras intentaba ocultar la preocupación que se mostraba en su rostro-. Me alegra ver que aún tengas tiempo para leer a los otros niños, nosotras hemos estado demasiado ocupadas últimamente como para poder hacerlo y, de todos modos, ellos prefieren cuando tú lo haces.

-Me gusta hacerlo, es una de las pocas veces en las que ellos disfrutan de los libros como yo.

-Bueno, aún son muy jóvenes como para entender los otros libros que tú lees, aunque Peter ha estado esforzándose en aprender a leer últimamente.

-Peter es muy listo, estoy seguro de que pronto sabrá leer tan bien como yo.

-Sí, así es -dijo Margaret, solo para abandonar la expresión tranquila que había mostrado hasta entonces y mostrar una más seria y melancólica. Parecía que esa falsa charla casual había terminado y ahora esta se disponía a tocar el tema que realmente le interesaba-. Dime, Alistair, ¿no podrías pedirle al señor Quiller que te deje trabajar más temprano? Solo lo suficiente como para que puedas volver cuando es aún de día.

Comprendió al instante de qué iba eso, pues había estado anticipando esa conversación por un buen tiempo ya, pero aún así pretendió sorprenderse por esa petición.

-No creo que sea posible, la tarde es cuando tenemos más clientes -respondió él, fingiendo confusión-. Es la hora del día en la que más necesita que lo esté ayudando.

- ¿No puedes al menos preguntar? -insistió ella, ya sin disimular su consternación-. Con todo el tiempo que pasas fuera ya debes saberlo, pero las calles se han vuelto muy peligrosas estos últimos días, en especial de noche. Preferiría que no tengas que volver solo cuando está anocheciendo.

Alistair estaba más que al tanto de lo violentas que se habían vuelto las calles, principalmente porque él era uno de los responsables de ese creciente caos. La guerra de bandas que enfrentaba a las "Lanzas Negras" y los "Devoradores" con los "Sabuesos de Hierro" se encontraba en su punto más álgido. Muchas personas habían muerto ya, algunas ni siquiera relacionadas con esas banas, y el crimen en general había incrementado de forma peligrosa. La guardia estaba desesperada por lidiar con esa situación, pero con los principales aventureros de la ciudad y gran parte de sus miembros (los cuales compartía con la milicia) habiendo partido para tomar parte de la campaña de exterminio en el Bosque de Caleb, simplemente no tenían suficientes efectivos para hacer algo, eso sin mencionar que muchos de sus miembros habían sido comprados por Bernard y "Cabeza de Jabalí" para que fueran lo menos útiles que les fuese posible.

El resultado final era que Dalry estaba dominada por la violencia y los ciudadanos normales estaban cada vez más alterados. La Hermana Margaret no hacía más que dar voz a los temores de muchas otras personas, en especial las que tenían niños pequeños a los que proteger.

Esa era una buena mujer y él no deseaba complicar su relación con ella, pero sus planes requerían que mantuviese su libertad actual sin importar qué, por lo que no había forma de que pudiese aceptar esa petición.

-Si le hablo de eso o le digo que me lo pediste, el señor Quiller me despedirá para asegurarse de que no tengas que preocuparte de nada -dijo él. Había pasado suficiente tiempo con el excéntrico tabernero como para comprender que él no dudaría en resolver el asunto de la forma más directa posible. Eso sin contar la atracción del hombre por la Hermana Margaret, la cual apenas sabía disimular. Con tal de hacerla feliz, era capaz de enfrentarse a las tres bandas criminales en guerra por su cuenta-. Déjeme convencer a alguno de los otros adultos que conozco para que me acompañen al volver, algunos viven muy cerca de aquí y son confiables.

Claramente, esa respuesta no era la que la monja deseaba, pero pareció ser suficiente como para hacerla ceder.

-Está bien, pero si no encuentras a nadie que pueda acompañarte, yo misma iré a hablar con el señor Quiller, ¿está bien? -dijo ella, más estricta que antes.

-Está bien.

Ese compromiso era el resultado que había planeado desde que se había presentado esa posibilidad. No era la primera conversación de ese tipo que tenía con la Hermana Margaret, pues las heridas con las que había regresado varias veces, producto de sus entrenamientos con Bernard, ya lo habían metido en problemas y casi habían causado que le prohibiesen ir por su cuenta en días libres. Por suerte, su creciente eficacia en combate había garantizado que él saliese cada vez con menos heridas de esos entrenamientos, sin mencionar que estos habían sido menos regulares desde el inicio de aquella guerra de bandas.

El adulto que lo escoltaría ya había sido convencido de hacerlo con antelación, lo que quería decir que con esa promesa él ya tenía la seguridad de que las monjas le permitirían seguir yendo y viniendo con libertad, aunque seguramente tendría que volver más temprano durante sus días libres.

Fuese como fuese, no tendría que preocuparse de eso por mucho tiempo. La guerra de bandas estaba por llegar a su punto culmine y lo que ocurriría luego de eso dependería no solo de las acciones de aquellos criminales y del propio Alistair, sino que del desarrollo de la dichosa campaña de exterminio que ocupaba a las principales fuerzas de la ciudad.

Sin que la mayoría de sus habitantes lo supiesen, el futuro de Dalry pendía de un muy fino hilo.

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