Serpiente de la Reencarnación [Spanish] 7 Capítulo 7

Todo Dalry parecía estar presente para presenciar la enorme procesión que en esos momentos partía de la Plaza Central. Hombres y mujeres, adultos y niños, nobles y plebeyos, humanos y no-humanos; personas de todas las formas, tamaños y orígenes se encontraban concentradas alrededor de la plaza y a los costados de una de las calles principales, la cual aquella procesión recorrería para abandonar la ciudad. El ambiente en el lugar era jovial y hasta festivo, pero por debajo de todos esos vítores y toda esa euforia podía verse la elusiva presencia del temor y el nerviosismo. Aquella gente deseaba creer que despedía a sus salvadores y no había duda de que habría represalias poco agradables si esas expectativas eran traicionadas.

- ¿Tanto revuelo por unos pocos lobos? -exclamó Aulay Quiller, quien se encontraba observando aquello desde la entrada de "El Yelmo Quebrado". Dado el tamaño de la multitud y las obvias diferencias de tamaño, el tabernero había tenido la gentileza de subir a Alistair a sus hombros para que no se perdiese nada-. Dioses, el Duque debe tener muchos deseos de que el Gremio de Mercaderes deje de joderle el comercio.

Tal y como ese poco agradable comentario indicaba, ese era el tan esperado día en el que la campaña de exterminio en el Bosque de Caleb daría inicio. El tiempo para los preparativos había llegado a su final y ahora un improvisado ejército formado por aventureros y miembros de la milicia local desfilaba ante los ojos de la multitud, el metal de sus armaduras, escudos y diversas armas resonando como si se tratase de un extraño tambor de guerra.

Un grupo de hombres vestidos con armaduras de placas y montados a caballo lideraban la procesión. La calidad y los detalles de cada armadura variaban, pero en su mayoría lucían demasiado costosas como para que un plebeyo pudiese permitírselas, eso sin tomar en cuenta los decorados inútiles que habían sido agregadas a ellas. Lo mismo aplicaba a las armas que portaban, las cuales en su mayor parte consistían en espadas. Cada uno de esos caballeros era un noble menor perteneciente a alguna familia importante de la ciudad (cuyos blasones estos mostraban en sus tabardos, capas o incluso grabados en sus armaduras), los cuales seguramente se habían alistado a esa campaña con la esperanza de aumentar su inexistente renombre o ganarse el favor del Duque, pues ningún noble realmente importante se habría molestado en participar de lo que lucía como un mero control de plagas.

De todos ellos, el que más destacaba era el hombre que iba al frente de todos ellos, vestido con una armadura de mucha mayor calidad que la de sus acompañantes, la cual parecía relucir al ser tocada por los rayos del sol. Una pluma azulada se asomaba de la punta de su yelmo, casi del mismo color que la capa corta que colgaba de su espalda, en la que podía verse el logo de un oso blanco.

- ¿Quién es ese hombre? -preguntó Alistair, señalando al líder de ese ejército.

-El Conde Forbes -respondió Quiller, poco interesado-. Su padre fue uno de los mejores guerreros del Duque y algo así como un héroe local hasta que murió por una enfermedad. Que yo sepa, él no ha participado de una batalla real en su vida, así que supongo que pidió liderar esta campaña para cambiar eso.

Luego de los nobles, la procesión continuaba con los milicianos. Vestían de una forma más o menos uniforme, con sus gambesones verdes, petos metálicos y yelmos que cubrían su cabeza mas dejaban expuestos sus rostros. En su mayoría, portaban lanzas (con una espada corta colgando de sus cinturas como arma secundaria) mientras que un grupo reducido estaba armado con ballestas, las cuales se decía que sabían usar con letal eficacia. No poseían el aire de soldados profesionales, pero aún así estaba claro que no eran novatos que jamás habían blandido un arma en su vida.

La mayor parte de aquel ejército, sin embargo, estaba compuesto por aventureros. A diferencia de los nobles y los milicianos, no había la más mínima cohesión entre ellos, con sus vestimentas, armas y hasta características físicas variando enormemente. Había quienes vestían pesadas armaduras (más toscas que las de los nobles pero con mucho más uso) y quienes vestían ropas que apenas se diferenciaban de las de un civil; había quienes portaban pesadas espadas a dos manos y quienes portaban sencillos arcos, quizás acompañados por una espada corta o un cuchillo; habían quienes tenían el aspecto de veteranos mucho más experimentados que cualquier miliciano y quienes bien podrían haberse tatuado la palabra "novato" en la frente. Incluso sus razas variaban, pudiendo verse de vez en cuando a un enano o un hombre-bestia avanzando entre tantos humanos.

Claro está, la principal atracción entre los aventureros no estaba compuesta ni por humanos ni por enanos ni por hombres-bestia, sino que por la raza más mística y poco común de todas: los elfos. Destacando entre todas las personas que las rodeaban, un grupo de al menos ocho elfas se movía con parsimonia y sin mostrar reacción ante las miradas curiosas de la multitud. Sus rasgos eran delicados y extremadamente bellos, aunque su atractivo se veía disminuido por la expresión seria y severa en sus rostros, y sus cabelleras brillaban como el oro, peinadas sin excepción en coletas que exponían las características orejas puntiagudas de su raza. Vestían armaduras ligeras de refinado diseño, hechas con un material que brillaba como la plata, y todas y cada una de ellas portaban una espada curva de un solo filo y mango bastante largo, particular fusión de sable y arma de asta, creadas con las misma maestría y dedicación que sus armaduras. Ese era el famoso grupo conocido como "Espadas de Ademar", fácilmente el más experimentado en esa región, así como uno que era contado entre los mejores de todo el reino.

Alistair había oído que los elfos eran la raza más bella de todas, pero hasta ese punto lo había considerado meras exageraciones o la opinión de hombres que no habían visto a una mujer realmente atractiva en su vida. Ahora que las veía por primera vez, no podía negar que la belleza de esas mujeres era considerable, pudiendo compararla a la de las actrices y modelos que había conocido en su vida anterior. Sin embargo, lo que más le interesaba no eran los dotes físicos de esas mujeres (pues dudaba poder llegar a ningún lugar con ellas con su edad actual) sino que sus supuestas habilidades. La información que había reunido aseguraba que los elfos eran increíblemente habilidosos con el arco y casi todos ellos nacían con un gran talento para la magia, en particular la relacionada con los cuatro elementos. Según tenía entendido, cada elfo nacía con afinidad por un elemento en particular, el cual se reflejaba en su color de ojos, un fenómeno que solo se veía en unos pocos humanos.

Lamentablemente, la llegada de aquel grupo había sido muy cercana al inicio de la expedición y era dudoso que permaneciesen en Dalry luego de eso, por lo que no tendría oportunidad de aprender más sobre esa raza, al menos no en un futuro próximo.

Dejando esos pensamientos a un lado, Alistair se limitó a observar la procesión hasta que esta finalmente abandonó la Plaza Central y continuó avanzando hasta desaparecer de su vista.

El ejército de nobles, milicianos y aventureros tardaría unos días en llegar al Bosque de Caleb, pero con su partida de Dalry, habían dado la señal de inicio para un conflicto del que muy pocos eran conscientes. Las acciones de las pocas personas que conocían su existencia en los próximos días bien podrían cambiar completamente el futuro de la ciudad, seguramente para peor, y Alistair se contaba entre ellas.

Mientras esa multitud se aferraba a la esperanza de que aquel conflicto tuviese un pronto final, algo mucho peor se gestaba en las sombras.

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-Llegó el momento, muéstrame lo que aprendiste.

La voz que le habló era increíblemente baja, hasta el punto en que era difícil saber si no sería más correcto describirla como un susurro. De no haber estado atento a la persona que lo acompañaba, probablemente hubiese creído que ese sonido era producto de su imaginación.

La noche había caído sobre Dalry, terriblemente silenciosa. A esas horas, ya no había personas decentes recorriendo las calles, exceptuando a los valientes y los temerarios. Incluso si las hubiera habido, no cabría duda de que las dos figuras que se movían de forma cautelosa y furtiva de callejón a callejón, evadiendo la luz de la luna menguante en el cielo, no se contarían entre ellas. Una de ellas pertenecía a Alistair, quien destacaba debido a su baja estatura, mientras que la otra, la misma que había dicho esas palabras, pertenecía a Antoine Suchet, un miembro de las "Lanzas Negras" cuya destreza como ladrón dentro del grupo no conocía rival. Según le habían dicho, no había bolsillo, cofre, puerta o bóveda lo suficientemente seguras como para que él no pudiese encontrar una forma de extraer su contenido sin que su dueño lo notase hasta que fuese demasiado tarde.

Tomando en cuenta sus talentos, no era sorpresa que estuviese a cargo de enseñar a los miembros más inexpertos del grupo los gajes del oficio, como era el caso de Alistair. Nadie esperaba realmente que se volviese tan habilidoso como Antoine, solo que aprendiese lo suficiente como para poder encargarse de robos menores por su cuenta. Por su parte, él no tenía intención de convertirse en un ladrón o un escapista, pero eso no quitaba que algunas de esas habilidades pudiesen serle útiles para algo más que robar a pobres desgraciados. De todas ellas, la que más captaba su atención era precisamente la misma que estaba por poner práctica: el forzado de cerraduras.

A diferencia de lo que había supuesto, casi todas las casas de ese mundo poseían cerraduras, exceptuando las de familias muy pobres. La complejidad de cada una variaba según qué tan rico o temeroso fuese el propietario de la casa, hasta el punto en que existían cerraduras protegidas mágicamente que ni siquiera un experto como Antoine podría forzar sin las herramientas adecuadas. Afortunadamente, la casa que serviría como el primer "examen" de Alistair era una relativamente sencilla y propiedad de un plebeyo, el tipo de casa que jamás podría permitirse algo tan raro y costoso como una cerradura mágica. Claro está, el verdadero peligro de ese lugar recaía en la identidad de su propietario.

En cuanto llegaron ante la puerta de aquella casa, Alistair abrió su alforja (una reciente adquisición) y extrajo dos pequeños objetos metálicos, tan finos que bien podrían haberse confundido con punzones, mientras Antoine hacía de vigía, oculto entre las sombras. Era difícil notarlo debido a la pobre iluminación, pero uno de los objetos metálicos consistía en una barra doblada en la punta con forma de "L", similar a una diminuta palanca, mientras que el otro objeto era cilíndrico y delgado, con su punta poseyendo una forma ondulada acabada en un gancho. Esas eran las herramientas básicas de ese oficio, conocidas como "llave de tensión" y "ganzúa", respectivamente.

Las lecciones de Antoine y sus prácticas previas se reprodujeron en su mente a la par que él insertaba la llave de tensión en la cerradura de aquella puerta y la movía suavemente hasta determinar en qué dirección giraba esta. En cuanto lo supo, dejó la llave de tensión haciendo una presión de forma leve e insertó también la ganzúa para luego usarla para sentir los bulones de la cerradura, pequeñas piezas que generalmente se movían cuando uno insertaba la llave y las cuales tendría que manipular cuidadosamente para poder reproducir ese efecto. Tal y como le habían enseñado, a medida que investigaba esa ranura él comenzó a formar una imagen mental de su estructura, ayudado por la cruda representación de su mecanismo interno que Antoine le había dibujado. En cuanto consiguió eso, se puso manos a la obra.

No recordaba haber tenido que forzar una cerradura en su vida pasada, pues cuando había sido necesario ingresar a una habitación o casa cerrada siempre había contado con un matón a mano dispuesto a tirar abajo la puerta de una patada o simplemente había contratado a un profesional. Aún así, se imaginaba que entrar en una casa de clase media del mundo anterior forzando la cerradura (asumiendo que no poseía una alarma) hubiese sido más sencillo, principalmente porque las cerraduras del mundo anterior solían ser mantenidas en buen estado o reemplazadas cuando se desgastaban demasiado, mientras que en ese mundo estas se encontraban en un estado muy pobre, lo cual complicaba su tarea considerablemente. Hacer aquello prácticamente a ciegas y teniendo que asegurarse de no despertar al propietario de la casa solo aumentaba la dificultad.

Pese a eso, Alistair se valió de la paciencia y la disciplina que había cultivado por décadas para realizar ese trabajo con la mayor precisión posible. Prácticamente todas las cerraduras de Dalry poseían la misma estructura y número de pistones, con ligeras variaciones para diferenciar una de otra (aunque sospechaba que debían haber varias cerraduras idénticas esparcidas por la ciudad), por lo que en cuanto uno conseguía aprender como abrir una de ellas, ya podía decirse que sabía abrirlas todas. De otro modo, él habría perdido aún más tiempo teniendo que traer varias ganzúas y determinar cuál era la correcta para ese tipo determinado de cerradura.

Al cabo de unos cuantos minutos, finalmente sintió el último pistón ceder y giró la llave de tensión con la misma suavidad que antes. Para su regocijo, escuchó la puerta destrabarse y ceder levemente, mas no la abrió. En lugar de eso, se volteó hacia las sombras e hizo un gesto con la mano para informar a Antoine de su éxito. Emergiendo de su escondite, el ladrón le ofreció sus silenciosas felicitaciones con un toque en el hombro y procedió a pegarse a la puerta y abrirla lentamente para que esta no hiciese ningún ruido demasiado fuerte. Alistair se consideraba bastante sigiloso, pues no por nada había estado practicando muchos años para poder pasar desapercibido cuando lo deseaba, pero aún así no pudo evitar reconocer que ser capaz de abrir esa puerta de madera probablemente podrida sin hacer ningún ruido era algo que se encontraba más allá de sus capacidades.

Así, los dos ingresaron a la casa, moviéndose con mucha mayor cautela que antes. Un solo paso en falso podría exponerlos y echar a perder todo su trabajo hasta entonces, por lo que no sintieron prisa alguna en dirigirse hacia su destino. Paso a paso y avanzando como si el piso estuviese cubierto de vidrios rotos, ellos se adentraron más y más en aquel lugar.

No había mucho que decir sobre esa casa, más allá de que se trataba de una vivienda bastante común y corriente que contaba con una pequeña sala de estar/comedor, una cocina y un dormitorio. La completa falta de todo tipo de retrato, trofeo, recuerdo o decorado alguno indicaba que su dueño no debía sentir mucho apego por esa casa ni había visto necesario hacerla sentir como un hogar, probablemente porque no pasaba mucho tiempo allí excepto para dormir. Aunque también era posible que no poseyese nada con lo que decorarla o que simplemente no le interesase hacerlo.

El avance del dúo acabó por llevarlos hasta el dormitorio, donde un bulto de aspecto humano yacía dormido. Atentos a no despertarlo, ellos se movieron hasta quedar junto a su cama, habiendo desenfundado sus cuchillos en el proceso. Pese a la oscuridad, Alistair notó la forma en la que el brazo de Antoine temblaba mientras sostenía ese cuchillo. Al igual que Bernard, el ladrón era un hombre con un pasado misterioso del que seguramente había querido escapar al venir a Dalry. Su nombre, apellido y el acento que se esforzaba por ocultar no eran los de un nativo del Reino de Praiven, sino que encajaban con los del Reino de Adras; mientras que su rumoreado nerviosismo a la hora de tomar una vida exponía un trauma relacionado con el asesinato. Con tan poca información, solo se podían hacer conjeturas fantasiosas, pero incluso eso era mejor que nada, por lo que la teoría actual de Alistair era que el hombre había escapado de su reino natal tras haber asesinado a alguien por accidente, quizás a un compañero criminal con el que había tenido una pelea o una persona que lo había sorprendido cuando se encontraba en medio de un robo. La identidad de su víctima no importaba, lo único importante era que su muerte había dejado una profunda marca en Antoine, una que le impedía tomar la vida de otra persona con la misma facilidad que sus compañeros.

Había sido por eso que Alistair se había asegurado de acordar con el ladrón que él sería quién se encargarse de esa parte de su misión. Ya fuese por bondad u orgullo, su compañero y maestro se había negado inicialmente a permitir que un niño de diez años tuviese que mancharse las manos en su lugar, pero al final su trauma había sido más fuerte y no había costado mucho convencerlo de dejar ese horrendo trabajo en sus manos. Las palabras y gestos de Alistair habían transmitido apoyo y empatía por el hombre, pero su verdadero motivo no era otro que ganarse la gratitud del ladrón con ese acto considerado, así como aumentar su prestigio dentro de las "Lanzas Negras" con lo que bien podría considerarse su bautismo de sangre, aquel en el que tomaría su primera vida como miembro del grupo. Bernard había insistido en que aquel era un ritual importante, incluso para alguien como él que ya había demostrado ser capaz de tomar una vida sin dudar, y era por eso que le había encargado esa misión.

Poder estar allí a esas horas de la noche había requerido de aún más sigilo de lo normal, así como la colaboración de los otros huérfanos para cubrir su ausencia en el convento. Las monjas habían comenzado a mostrarse preocupadas luego de que él hubiese regresado varios días cubierto de golpes, los cuales había explicado como el producto de peleas con otros niños de la ciudad que se burlaban de él por ser un huérfano y el hijo de una prostituta, por lo que no podía permitir que lo descubriesen escabulléndose en plena noche o corría el riesgo de que le revocasen la libertad que poseía actualmente.

Dejando eso de lado, él centró su mente en lo que estaba por hacer. Con la decisión de quién se encargaría de aquello ya tomada, no hizo falta ninguna discusión o muestra de duda entre ellos. Antoine nuevamente permaneció como apoyo, listo para interceder si algo salía mal, mientras que Alistair se acercó al hombre acostado en la cama. Su víctima yacía completamente dormida, ignorante de la amenaza que había entrado en su casa y ahora se alzaba frente a él. Incluso a oscuras, aquel hombre tenía toda la pinta de un malviviente, aunque de uno que alguna vez había conocido mejores tiempos. Alistair no pudo evitar preguntarse qué historia tendría ese hombre para contar y si alguna vez había considerado que la misma tendría un final tan abrupto, pero aquello no fue más que la curiosidad de una persona acostumbrada a descubrir información sobre otros para poder aprovecharse de ellos. Ese hombre no tenía ningún uso para él, al menos no vivo, y por ello no sintió ninguna culpa, temor o simpatía al poner el filo de su cuchillo sobre su garganta.

Un segundo después, el propietario de la casa abrió los ojos, alarmado y confuso, e intentó incorporarse para lidiar con aquella amenaza a su vida, pero para ese punto el cuchillo ya había abierto un surco en su garganta, uno del cual pronto empezó a manar la sangre a raudales. Todo lo que aquel desgraciado consiguió hacer fue lanzar un manotazo al aire y empezar a convulsionar mientras su propia sangre lo ahogaba y sus fuerzas lo abandonaban. Aquello no duró más que unos momentos, al final de los cuales este cesó todo movimiento y simplemente se desvaneció, habiendo exhalado su último aliento.

Esa era la segunda vida que tomaba desde que había renacido, pero, al igual que con la primera, no sentía nada especial por ello, ni vergüenza, ni temor, ni regocijo ni nada en absoluto. Hace mucho tiempo ya que él había arrojado toda noción de moralidad a un lado tras juzgarla un estorbo para su ambición y se había entregado completamente a su egoísta propósito, sin importar cuánto sufrimiento y destrucción este trajese. Habría quienes lo llamarían un monstruo o un villano, pero él no tenía problema en aceptar esas etiquetas e incluso aprovecharse de ellas. Aceptaba lo que era y jamás se engañaría pretendiendo que su ambición era una causa justa, pues se negaba a ser considerado un hipócrita, y era precisamente por eso que él no tenía problema para cometer cuantas atrocidades fuesen necesarias en pos de sus intereses.

-Está hecho -declaró Alistair con total frialdad, ya no viendo motivo para mantenerse en silencio. Se había apartado del muerto tras degollarlo, por lo que había conseguido evitar quedar bañado en su sangre, pero aún así algunas gotas habían alcanzado sus ropas. De haberlo deseado, podría haberlo asesinado de forma más limpia y precisa, pero ya había decidido no volver a exponer esa eficiencia adulta ante sus compañeros.

-Bien hecho -respondió Antoine, pese a que su tono no transmitía orgullo, sino que cierto rechazo, quizás porque no había esperado que un niño de diez años pudiese matar a alguien con semejante indiferencia. Mejor así, ahora no solo sentía gratitud por él, sino que, en un nivel del que quizás ni siquiera era consciente, también le temía. Ninguna de esas dos emociones era suficientemente fuerte como para permitirle influenciarlo o perseverar por mucho tiempo por si solas, pero la cosa cambiaba cuando se combinaban.

No permanecieron allí para apreciar lo que acababan de hacer, pues ninguno de los dos poseía ese tipo de inclinaciones, y en cuanto se aseguraron de no haber dejado nada que pudiese incriminarlos directamente, abandonaron aquella casa con el mismo sigilo con el que habían entrado y se perdieron en las sombras de la noche.

A lo largo de toda Dalry, muchas otras figuras similares hicieron lo mismo, con pasos cautelosos y manos manchadas de sangre.

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Para cuando el sol se alzó y llego un nuevo día, las noticias del horripilante suceso que había tomado lugar durante la noche anterior ya se habían esparcido no solo por el mundo criminal, sino que también por toda la ciudad.

Quienes se habían enterado de lo sucedido no hacían más que hablar de eso, enfrascados en discusiones y especulaciones sobre cuál había sido su propósito y qué consecuencias acarrearía en el futuro cercano. Ni una persona se tomó el asunto con ligereza y cuantas más noticias llegaban, más y más se hablaba de ellas.

De cómo Simon Budge, un notorio criminal de la zona, había sido degollado mientras dormía en su casa, sin que nadie lo notase.

De cómo Theobald Gilmore, un guardia que se decía tenía conexiones con elementos criminales, había sido asaltado y asesinado a base de feroces puñaladas durante una de sus patrullas nocturnas.

De cómo Fillan McGhie, un mercader que se rumoreaba que comerciaba con productos no exactamente legales, había aparecido flotando boca abajo en el Cauce de Douglas.

De cómo un número más que considerable de criminales de baja monta habían sido asesinados de formas brutales y sus cuerpos habían sido encontrados tirados en callejones poco transitados.

A lo largo de la ciudad, más y más muertos habían aparecido, como si fuesen las víctimas de una masacre silenciosa y perversa. Aquellos que se enteraron de eso más tarde que los demás, el tipo de personas que no poseían vínculo alguno con el mundo del crimen, aseguraron que se había tratado del final de un conflicto entre dos bandas criminales, una purga final que había marcado el fin de uno de ellas. Los que sabían del tema, sin embargo, comprendieron inmediatamente que aquellas muertes no eran más que el principio, poco más que una perversa declaración de guerra que, de ser aceptada, desataría el caos en la ciudad.

Pocos conocían la identidad de los perpetradores de aquella serie de asesinatos y, pese a la muerte de uno de los suyos, la guardia prefirió no hacer muchas investigaciones, pues los muertos no habían sido el tipo de ciudadanos decentes que motivaban a uno a desear que recibiesen justicia, mientras que los responsables se habían asegurado de que los miembros de la guardia se sintiesen aún menos motivados para involucrarse el tema más de lo necesario para mantener apariencias. Aún así, el misterio sobre la identidad de los asesinos no se extendió a los asesinados y antes de que el sol se hubiese puesto, toda la ciudad estaba al tanto del único elemento en común que se había descubierto entre las víctimas: todas y cada una de ellas habían sido miembros o allegados de la banda criminal de los "Sabuesos de Hierro".

Mucha sangre se derramó esa noche y aúnmás habría de derramarse poco después, al dar inicio la mayor guerra de bandascriminales que Dalry alguna vez hubiera visto.

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