Serpiente de la Reencarnación [Spanish] 6 Capítulo 6

Los bajos fondos de Dalry eran la zona más pobre e insegura de toda la ciudad, abandonada por el gobierno local en prácticamente todos los sentidos y evitada por la mayoría de los ciudadanos. En lugar de las autoridades locales, distintas bandas habían surgido con la ambición de controlar completamente aquel barrio y, mediante este, el mundo criminal de Dalry.

En el presente, tres bandas se imponían sobre todas las demás y luchaban entre ellas para incrementar su territorio: las "Lanzas Negras" de Bernard, los "Sabuesos de Hierro" de Gilbert Lorne y los "Devoradores" de un hombre-bestia conocido como "Cabeza de Jabali", precisamente debido a que poseía características similares a las de ese animal. Cada grupo tenía sus particularidades, pero lo que todos tenían en común era que contaban con los maleantes más peligrosos de toda la ciudad, hasta el punto en que incluso la guardia local los evitaba, con un poco de ayuda de los sobornos a su capitán, claro está. También podía decirse que compartían un horrible gusto para los nombres de organización, aunque esa una apreciación muy personal por parte de Alistair y los habitantes de ese mundo parecían diferir.

En esos momentos, él se encontraba en el principal escondite de las "Lanzas Negras", a las que se había unido días atrás. Dicho escondite consistía en lo que alguna vez había sido una taberna que ahora el grupo usaba como base de operaciones y punto de reunión y ocio para sus miembros. No tenía segundo piso ni habitaciones que permitiesen a la gente hospedarse como "El Yelmo Quebrado" y era también mucho más pequeño y desvencijado que este, pero aún así poseía suficiente espacio como para que las decenas de hombres que formaban parte de las filas de las "Lanzas Negras" pudiesen estar sentados alrededor de las múltiples mesas esparcidas por el lugar y la barra, ya fuese para conversar, beber, jugar o todas esas cosas al mismo tiempo. Además del salón principal, habían puertas que llevaban a lo que habían sido las cocinas, la oficina del dueño (ocupada actualmente por Bernard y a la que nadie tenía permitido entrar sin permiso) y un pequeño patio en la parte trasera que lindaba con las casas cercanas.

Era precisamente en ese patio donde Alistair y Bernard se encontraban en pleno combate, armados con unos cuchillos de madera (idénticos a los reales pero sin su filo y, por lo tanto, su capacidad de abrir el cuerpo de otros en canal).

-Vamos, ¿eso es todo lo que tienes? -lo provocó Bernard, de pie a escasos metros de él en una posición demasiado casual para alguien que estaba en medio de un enfrentamiento, incluso si solo era uno de práctica-. Parece que lo de hace unos días solo fue un golpe de suerte, o quizás ese idiota era más débil de lo que pensé.

Provocaciones como esas no eran suficientes como para afectarlo, pero aún así alteró su expresión para mostrar una irritación muy convincente y se arrojó de forma temeraria contra su oponente. Notó una mezcla contradictoria de regocijo y decepción en la mirada del jefe criminal, segundos antes de que este evadiese su torpe ataque con facilidad y recompensase aquel supuesto desliz con una patada en su pierna izquierda que lo barrió y derribó. Un dolor punzante lo invadió en la zona golpeada, mientras que su rostro le ardía levemente tras haber aterrizado de cara sobre la tierra de aquel patio. Sin embargo, eso no fue nada comparado a lo que sintió cuando el cuchillo de madera de Bernard atacó violentamente su espalda. El arma podía carecer de la capacidad de causar daño letal, pero eso no quitaba que su oponente la blandía con la misma fuerza y ferocidad que si tuviese un cuchillo real en sus manos.

- ¡Agh!

-Estás muerto -declaró Bernard, entretenido por aquello de una forma un tanto cruel-. No te dejes provocar ni ataques sin pensar, solo los idiotas hacen eso y los idiotas no suelen vivir mucho tiempo.

-L-lo tendré en cuenta -se forzó a responder Alistair mientras se levantaba, intentando ignorar cuanto pudiese el dolor en su espalda.

La diferencia entre el físico y la habilidad entre ellos dos era mucho más marcada que con el hombre al que había abatido hace unos días. Si ya de por si derrotar a un adulto común y corriente siendo un niño era difícil, derrotar a un combatiente entrenado y letal como Bernard en un enfrentamiento directo era un desafío que muchos verían imposible.

Alexander Walker había sido un hombre de temer en sus años mozos, entrenado en el uso de armas de fuego y cuchillos por igual. Lamentablemente, había pasado las últimas décadas de su vida alejado de la acción y sus habilidades se habían deteriorado junto a su cuerpo. Si se lo proponía realmente, estaba seguro de que aún podía reproducir algunos de los trucos que había aprendido en el pasado de forma torpe pero efectiva, mas hacerlo supondría exponer un nivel de conocimiento técnico que ningún huérfano debería tener y llevaría a esos hombres a hacer preguntas innecesarias. En retrospectiva, la forma eficiente y precisa en la que había asesinado a aquel maleante había sido una mala decisión de su parte, aunque por suerte el propio Bernard había asumido que había sido un golpe de suerte o un milagro facilitado por aquella situación de vida o muerte, mas en aquel entonces no había tenido la libertad de detenerse a pensar detenidamente en ello, no con dos matones intentando tomar su vida. De poco servía lamentar lo que ya había ocurrido, todo lo que podía hacer ahora era asegurarse de disipar cualquier sospecha sobre sus habilidades aprovechando ese entrenamiento, lo cual a su vez lo volvía más difícil, pues a todas las desventajas que ya acarreaba se le sumaba el no poder utilizar los pocos trucos útiles que recordaba de su vida anterior.

-Espero que así sea -dijo Bernard, retrocediendo unos pasos para volver a poner distancia entre ellos-. Otra vez, a menos que no quieras seguir y prefieras ir a llorarle a las monjas.

Esa nueva provocación obtuvo la misma respuesta artificial de su parte y él se lanzó de forma bruta contra Bernard, o al menos así lo pareció hasta que él se deslizó hacia un lado en cuanto estuvo lo suficientemente cerca, buscando flanquear a su oponente y hundir su cuchillo en uno de sus costados. Por un instante, creyó que su ataque sería exitoso, mas Bernard reaccionó rápidamente y se echó hacia atrás de forma grácil. Vio el cuchillo de madera del hombre trazando un curso rumbo a su estómago e intentó poner distancia entre ellos, pero un repentino puñetazo en la mejilla izquierda frustró sus planes y causó que volviese a caer al suelo, esta vez con el rostro estallando de dolor y un sabor metálico invadiendo su boca. Tendría suerte si ese golpe no le había tirado algún diente.

-Prestas demasiada atención a mi cuchillo y por eso olvidas que tengo otro brazo y dos piernas con los que también puedo lastimarte -lo reprendió Bernard, aunque su tono indicaba que aprobaba la táctica que había intentado utilizar-. Tienes que estar atento a cada movimiento de tu oponente. Un puñetazo es lo de menos, podrían atacarte con alguna arma que tengan guardada...o con magia.

El dolor del golpe recibido era tal que aún se encontraba tirado en el piso, registrando su boca con sus dedos para chequear el estado de su dentadura, pero aún así sus ojos estaban clavados en Bernard, atento a sus palabras y, aún más importante, a su expresión. Fue gracias a eso que consiguió notar como el rostro del jefe criminal se crispaba al mencionar la magia, aunque solo por unos pocos segundos.

- ¿Q-qué p-puedo...hacer c-contra...un enemigo que usa m-magia? -preguntó él, tan adolorido que prácticamente se veía forzado a escupir cada palabra.

-No creo que vayas a encontrarte con nadie que use magia, no en esta ciudad -respondió Bernard, claramente no estando a gusto con el tema de conversación pero demasiado orgulloso como para no responder-. Si llegas a encontrar a un mago principiante, asegúrate de rajarle el cuello antes de que termine esos cantos que usan para sus hechizos; y si te encuentras a un mago experto, bueno, esos no necesitan decir más que el nombre del hechizo y algunos ni siquiera eso, así que te sugiero que corras y corras rápido o tendrás suerte si vives para arrepentirte de no haberlo hecho.

Era posible que ni siquiera supiese que lo había hecho, pues el subconsciente puede ser traicionero en ocasiones, pero durante el final de esa explicación, Bernard había llevado una mano a su mandíbula en lo que lucía inicialmente como un gesto de reflexión, de no ser por la particular forma en la que sus dedos parecieron acariciar su característica cicatriz de quemadura. Por si solo, ese gesto bien podría haber significado un millón de cosas o ninguna en lo absoluto, pero sumado al tono del hombre, sus otras expresiones y la desaparición del regocijo sádico que lo habían dominado hasta entonces, no fue difícil ver que hablaba basado en una experiencia más que personal.

-Lo tendré en cuenta.

-No creo que haga falta, tendrías más suerte encontrando a un dragón durmiendo en las alcantarillas que a un maldito mago en esta ciudad -dijo Bernard, regresando a su tono casual y socarrón de antes, o más bien forzándose a hacerlo-. Los magos no tienen interés en una región tan aburrida como esta, donde no hay ruinas antiguas que encontrar o ningún monstruo poderoso que matar. Esos noblecitos arrogantes prefieren quedarse encerrados en su amada Torre en la capital del reino o viajar a lugares donde puedan descubrir cosas nuevas o conseguir fama-. No lo demostraba, pero probablemente ese conocimiento era un alivio para él-. Olvida a los magos y mejor asegúrate de saber reaccionar si te atacan con un arma común y corriente, porque puedes estar seguro que esta ciudad está repleta de ese tipo de gente y no todos son tan estúpidos como el idiota al que mataste.

Claramente había mucho más que Bernard podía decirle sobre el tema de los magos. No solo estaba el origen de su cicatriz, de la cual había oído muchos rumores sin base y a la que el jefe criminal se negaba a siquiera mencionar, sino también su origen, pues su pasado era otro gran misterio, incluso para sus propios hombres. Todo lo que se sabía era que un día, un matón particularmente habilidoso había aparecido en Dalry, ofreciendo sus servicios a quien estuviese dispuesto a pagarlos hasta que eventualmente había conseguido establecer su propia banda. Nadie podía decir nada más sobre Bernard o señalar siquiera de donde había venido (aunque su acento lo exponía como un nativo de Praiven) ni quién podría haber sido, pues este parecía haber abandonado su apellido antes de llegar a la ciudad, si no era que, como Alistair, nunca había poseído uno en primer lugar.

No había duda de que el hombre era un enorme misterio, pero revelar lo que ocultaba llevaría tiempo, tiempo en el que tendría que comenzar a ganarse su confianza y establecer una relación con él que fuese más allá de la de jefe y subordinado, pues ya había quedado claro que, a ojos de Bernard, sus subordinados eran poco más que peones sacrificables.

En parte, había solicitado ese entrenamiento con el propósito de comenzar a formar ese vínculo, pero su verdadero propósito era mucho más sencillo y obvio: aprender de aquel guerrero experto y comenzar a fomentar sus propias habilidades.

Las experiencias de su vida pasada no eran suficientes en ese aspecto, Alexander Walker había sabido manejarse con un cuchillo o cuerpo a cuerpo, pero su mundo había sido uno en el que las armas de fuego poseían tal superioridad que él solo había tenido que recurrir a esos conocimientos en situaciones extraordinarias. Ese mundo, en cambio, era uno donde el combate melé era la regla, con la poco común magia sirviendo como un reemplazo de difícil acceso a las armas de fuego, y si él esperaba sobrevivir, necesitaría no solo entrenar sus habilidades marciales hasta volverse un maestro, sino que también aprender cómo lidiar con elementos completamente nuevos para él, como las particulares habilidades de las distintas razas o la magia. Eso sin mencionar las otras habilidades que necesitaría obtener, aunque de eso se encargarían otras personas.

Alistair no tenía intención de convertirse en un bruto que fuese por ahí resolviendo sus problemas simplemente destruyéndolos, no solo porque encontraba esa forma de actuar ineficiente y estúpida sino que porque era una persona sin ninguna bendición divina o talento increíble en un mundo donde cosas tan ilógicas como la magia y las bendiciones divinas existían. Su principal herramienta siempre había sido su astucia y lo seguiría siendo allí, pero eso no quería decir que no fuese necesario complementarla con otras cosas.

En ese aspecto, de momento, Bernard estaba probando ser un maestro severo pero más que capaz, aunque sabía que si no seguía captando su interés, este no se molestaría en seguir entrenándolo.

-Otra vez -exclamó esta vez el propio Alistair. Su aspecto era bastante patético, ya fuese por su rostro hinchado por el golpe que había recibido o la sangre y la tierra impregnadas en todo su cuerpo. Sin embargo, él se aseguró de mostrar una fiera determinación en su mirada al desafiar a ese hombre una vez más.

Nadie más que él comprendía que aquello tenía un lado irónico y cómico, pues no estaba haciendo otra cosa que emular la imagen que James Dalton, aquel joven que había tomado su vida, le había mostrado durante su enfrentamiento final. Era una parodia grotesca, pero no podía evitar encontrarla divertida.

Bernard, pese a no saber nada de eso, también encontró aquello divertido, aunque probablemente lo que lo divertía era la persistencia de aquel niño.

Sin que ninguno de los dos dijese nada más, el combate volvió a iniciar.

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-Jefe, tenemos visitas.

La aparición de William Birse, el maleante calvo al que Alistair había estado a poco de enfrentar el día en que se unió al grupo, marcó el final de aquel entrenamiento.

Pese a sus esfuerzos y creciente grado de competencia, al final Alistair no consiguió obtener una sola victoria decisiva sobre Bernard, quien parecía ser capaz de predecir todos sus trucos y contrarrestarlos con los suyos propios. Había sido una experiencia muy didáctica, pero también más que dolorosa, hasta el punto en que apenas podía mantenerse en pie tras recibir tantos golpes.

Dar explicaciones cuando regresase esa noche al orfanato sería difícil, pero era el precio que tenía que pagar por conseguir la instrucción que tanto necesitaba. Por suerte, solo acudía al escondite de las "Lanzas Negras" en sus días libres, lo cual había acordado con Bernard a cambio de facilitarles la información que obtuviese en su trabajo en la taberna, por lo que no tendría que preocuparse en regresar cada día en ese estado.

- ¿"Visitas" dices? -inquirió Bernard, quien permanecía igual de impecable que cuando el entrenamiento había empezado, más allá de respirar de forma ligeramente agitada. Tanto su tono como la peligrosa sonrisa que apareció en su rostro indicaron que esas no eran unas "visitas" deseadas-. Tengo que ir a recibirlas entonces. Diles a los chicos que estén listos para entrar en acción a mi señal-. Tras dar esa orden, Bernard se puso en marcha, no sin antes dedicar un breve vistazo a Alistair y arrojarle un pequeño objeto sacado de algún lugar entre sus ropas. Pese a su cansancio, él consiguió atraparlo y descubrió que se trataba de un vial tosco y pequeño, lleno de un líquido rojizo extrañamente similar a la sangre-. Bebe eso, no te dejará como nuevo pero al menos hará que dejes de lucir como el primo de un goblin, y luego ve a reunirte con los otros.

Dicho eso, Bernard se dirigió al interior del edificio, seguido por William.

Solo y en silencio, Alistair observó aquel vial con curiosidad. Dado su reciente interés por el campo de la herbología y la alquimia, no tuvo problemas para identificar el "obsequio" de Bernard como una poción de curación, un producto exclusivo de ese mundo capaz de potenciar la curación de cualquiera que lo bebiese, muy popular entre aventureros, soldados y otras personas cuyas profesiones les requerían que se pusiesen en peligro de forma usual. La calidad de la poción y, por lo tanto, el nivel de sus efectos dependían de los materiales usados y la habilidad del alquimista. A primera vista y a juzgar por las palabras de Bernard, aquella era una poción de baja calidad, extremadamente común y con un efecto bastante débil. Aún así, el que se la hubiese entregado con tanta facilidad era no solo un dato que le convenía recordar sino que un gesto tan considerable como bienvenido, por lo que no dudó en destapar aquel vial y beber sus contenidos de un solo trago.

En su libro, el erudito Miles Sillars había descrito el sabor de una poción curativa (incluso el de una de baja calidad) como similar al del jugo de la camilia, una planta de ese mundo que, como había descubierto Alistair, se asemejaba mucho a la frutilla. Ahora que por fin había tenido la oportunidad de probar una poción curativa, no pudo evitar preguntarse si aquel erudito no habría atrofiado sus papilas gustativas tras probar demasiadas hierbas y pociones extrañas. La poción tenía un sabor similar al de la frutilla, sí, pero al de una que alguien había sumergido en fango y pisoteado repetidamente. Era un sabor francamente asqueroso, no lo suficiente como para hacerlo vomitar pero si como para convencerlo de que era imposible que se volviese adicto.

Dejando de lado el sabor, los efectos eran tal y como habían sido descritos en el libro. En cuestión de segundos, Alistair sintió el dolor en todo su cuerpo atenuarse, como si hubiese tomado un calmante pero sin los otros efectos que lo acompañaban, y vio que sus moretones, cortes y heridas varias comenzaban a recuperarse lentamente. El cuerpo seguía doliéndole excesivamente y su recuperación era mínima, pero era mejor que nada.

Mientras la poción hacía su parte, él se aseguró de quitarse cuanta tierra y sangre pudo de su cuerpo y ropas. En cuanto consideró que ya no podía hacer más, finalmente entró al edificio.

-...vez cada diez años, no podemos desaprovecharla -escuchó a alguien decir en cuanto se hubo acercado lo suficiente al salón principal. Era una voz desconocida y sonaba notoriamente nasal y gruesa-. La gente está desesperada y cada vez más nerviosa y si la campaña de exterminio no termina pronto, puedes tener la certeza de que las cosas se pondrán aún peores.

-Hablas como si supieses que así será -replicó la voz de Bernard, escéptica y acusatoria- ¿Acaso sabes algo que nosotros no?

Tras avanzar un poco más y escurrirse entre la congregación de los miembros de las "Lanzas Negras" presentes en el edificio, Alistair finalmente fue capaz de ver quiénes eran las "visitas" que William había mencionado.

La primera persona en captar casi inmediatamente su atención fue un hombre-bestia de dimensiones considerables, fácilmente capaz de eclipsar incluso a Aulay Quiller, mas no por ser más musculoso, sino que por su morbosa obesidad. Dada su nariz chata, sus orejas peludas y anchas y los dos pares de colmillos gruesos y curvos que asomaban desde su labio superior e inferior, probablemente se trataba de un hombre-bestia con las características de algún tipo de cerdo o jabalí; Alistair aventuró que sería lo segundo, pues a su mente llegó el nombre de otro jefe criminal prominente en Dalry, uno que destacaba particularmente por no ser humano: el infame "Cabeza de Jabalí".

Había oído mucho de ese hombre, pero esa era la primera vez que lo veía en persona. Tal y como le habían contado, poseía un aspecto que lo exponía como alguien amoral y desagradable a simple vista, incluso si uno no estaba afectado por el racismo que muchos humanos demostraban hacia las otras razas. Tenía una piel grasosa y de aspecto terso, marcada por arrugas que no parecían estar relacionadas a su edad sino que a su estilo de vida. No le quedaba mucho cabello en la parte superior de su cabeza, pero de los costados caía una larga y fina melena de un color castaño oscuro que llegaba hasta sus hombros. En su rostro podía verse un grueso bigote en forma de herradura, acompañado por una pequeña perilla. Por su parte, sus ojos estaban muy hundidos y eran alargados, lo cual, junto a sus oscuras irises y notorias ojeras, le hacía lucir como si estuviese constantemente mirando a quienes les rodeaban con indiferencia, lo cual bien podía ser verdad. En cuanto a su vestimenta, llevaba una túnica de piel de animal amarillenta de aspecto demasiado costoso para un mero criminal, al igual que las sortijas que usaba excesivamente como accesorio. Un enorme fajín marrón envolvía su ancha cintura, lo cual, en conjunto con todo lo demás, le daba un aspecto similar al de un mercader.

Tanto la pose como el propio aire en torno a aquel sujeto era el de alguien adinerado y altivo, casi un estereotipo perfecto de un aristócrata. Reforzando esa imagen, seis hombres vestidos con piezas de armadura de calidad decente lo acompañaban, como si fuesen los guardias de algún monarca. Todos mantenían rostros inexpresivos y un aire más que serio, motivo por el cual él sospechó que no eran meros criminales cuidando a su jefe, sino que profesionales contratados para ese propósito. Si las cosas se ponían violentas, era dudoso que ninguno de ellos fuese a caer fácilmente.

-Sé que la gente aún no ha perdonado al Duque por no haber reaccionado más rápido hace veinte años y que su relación con el Gremio de Mercaderes se ha deteriorado más y más en los últimos años, no habrían realizado este bloqueo comercial para forzarlo a actuar de no ser por eso -dijo "Cabeza de Jabali", acompañando sus palabras con gestos teatrales y grandilocuentes, como los que uno esperaría de un noble y no de un criminal-. El Duque tiene las manos llenas con esta crisis y la gente está cada vez más decepcionada, esta es la oportunidad perfecta para convencerlos de que podemos hacer lo que la guardia no, siempre y cuando seamos "recompensados" por nuestro trabajo-. Al decir aquello, el hombre-bestia esbozó una sonrisa irónica, exponiendo sus colmillos ante todos los presentes-. Podemos usurpar el lugar del gobierno y con este toda su influencia, pero para eso es necesario que tomemos el control de las calles antes de que esta campaña termine y el Duque tenga la oportunidad de reaccionar.

Bernard se encontraba al frente de la congregación de maleantes con los brazos cruzados y proyectando un aura imponente. El espacio entre los dos jefes criminales, apenas unos pocos metros, parecía estar casi electrificado dado lo tenso del ambiente.

-Que gentil de tu parte el decirnos todo esto, "Cabeza de Jabali", no creí que te gustara compartir -se burló Bernard, acompañado por las risillas poco disimuladas de los hombres tras él- ¿A qué viene tanta generosidad?

-No es generosidad, es necesidad -respondió el hombre-bestia, ligeramente exasperado-. Si los "Devoradores" fuésemos capaces de tomar el control de las calles por nuestra cuenta, entonces no estaría aquí en son de paz, y si las "Lanzas Negras" fuesen capaces de hacerlo, ya lo habrían hecho, con o sin crisis. Ninguno de los dos puede conseguir algo como eso solo, no sin pagar un alto precio, pero unidos, las cosas serían distintas.

-Lo que quieres decir es que con Lorne muerto, las cosas serían distintas ¿Acaso le hiciste esta oferta a él primero y te rechazó? Espero que no sea así, porque saber que soy tu segunda opción me rompería el corazón.

Las risas aumentaron mas "Cabeza de Jabalí" se limitó a negar con la cabeza y chasquear su lengua.

-Ni me molesté en considerarlo, los dos sabemos que Lorne ama demasiado sus delirios de altruismo como para aceptar formar una alianza con cualquiera de nosotros.

-No sé qué demonios significa "altruismo", pero si lo que quieres decir que le encanta creerse el héroe e ir por ahí jugando a ser el protector de los más débiles, entonces estoy de acuerdo.

En efecto, si había una cosa que separaba a Gilbert Lorne y sus "Sabuesos de Hierro" de las otras bandas criminales, esa era su auto-declarada misión de traer orden y seguridad a Dalry, como si fuesen una suerte de bandidos caballerosos que solo se involucraban en el mundo del crimen para garantizar que este no amenazase a los más desprotegidos e inocentes. Pese a ello, estos no dudaban en usar cualquier método necesario para conseguir eso, incluso, paradójicamente, utilizar a esos mismos desprotegidos. No por nada William los había identificado como una de las pocas personas que enviarían a un niño a asesinar a un jefe criminal durante su primer encuentro con Alistair.

-Precisamente, es por eso que vine a ti -insistió "Cabeza de Jabalí", quizás viendo en esa opinión en común una oportunidad para llevar adelante ese acuerdo-. Lorne, tú y yo dirigimos las tres bandas más poderosas de la ciudad, pero por nuestra cuenta ninguno puede imponerse sobre el otro, no sin volvernos muy vulnerables en el proceso, pero si nosotros dos fuésemos a unir fuerzas, destruir a Lorne y su banda de hipócritas sería cosa fácil. Sin él, Dalry sería nuestra.

-Y supongo que una vez que Dalry sea "nuestra", seremos amigos por toda la eternidad y nadie intentará asesinar a nadie para hacerse con el control total de la ciudad, ¿verdad? -volvió a burlarse Bernard, solo para adoptar un tono mucho más serio y hostil en el siguiente instante- ¿Acaso crees que soy un completo imbécil?

A la par que decía esas palabras, Bernard descruzó sus brazos y los dejó a los costados de su cuerpo, casualmente cerca de donde llevaba enfundado su cuchillo, no el juguete de madera que había usado con Alistair sino que aquel que había usado para cobrarse incontables vidas.

Eso fue suficiente como para que la tensión en el lugar aumentase súbitamente. De un momento a otro, cada hombre en la habitación tenía una mano en su arma predilecta y parecía listo para desenfundarla a la primera señal de una pelea, con la clara excepción de Bernard, "Cabeza de Jabalí" y el propio Alistair (aunque dudaba que a alguien le importase eso).

-Si creyese que eres un completo imbécil, Bernard, no estaría aquí -refutó "Cabeza de Jabalí", intentando mostrarse calmado y en control de la situación pese a las pequeñas señales de nerviosismo que ofrecía su cuerpo-. No necesito a un imbécil para este plan, necesito a un hombre capaz y astuto, y, por mucho rencor que haya entre nosotros, no se puede negar que tú eres capaz y astuto, por no mencionar que posees una influencia con la guardia local que ni todo mi dinero puede comprar-. Tras decir eso, el hombre-bestia alzó lentamente una de sus manos, cuidadoso de que nadie lo confundiese por un ataque, y mostró un único dedo levantado-. Un año, eso es lo que propongo. Una vez que Lorne esté muerto y esta ciudad nos pertenezca, nuestros dos grupos tendrán un año de tregua en el que acordaremos evitar todo tipo de hostilidades. Durante ese año, aprovecharemos para recuperar nuestras fuerzas y reforzar nuestro control sobre la ciudad.

- ¿Y luego de que pase ese año? -preguntó Bernard, menos agresivo pero aún manteniendo sus manos cerca de su cuchillo.

-La tregua terminará, junto a nuestra alianza -declaró "Cabeza de Jabalí", solemne-. Son términos bastante justos, ¿no te parece?

Por unos segundos, el salón se sumió en el absoluto silencio, más allá del murmullo ocasional, y Bernard no hizo movimiento ni sonido alguno. Todos los ojos estaban fijos en el jefe criminal, ansiosos por saber si cada grupo se iría por su lado o si aquello terminaría en un baño de sangre. Para aquellos que estaban más nerviosos, esos pocos segundos seguramente se sintieron como una eternidad, una que fue rota por un simple suspiro exasperado de ningún otro más que el propio Bernard.

-Cada vez que hablo contigo, me termina doliendo la maldita cabeza -soltó este, negando con la cabeza y encogiéndose de hombros como si se diese por vencido-. Consideraré tu oferta, dame unos días para darte una respuesta.

Alistair podría haber jurado que prácticamente todos los presentes habían vuelto a respirar al mismo tiempo tras oír esas palabras, como si hubiesen temido que incluso el más mínimo respiro podría causar que se desate una masacre. "Cabeza de Jabalí" se contaba entre ellos.

-Por supuesto, preferiría actuar lo más pronto posible, pero no habrá daño en esperar unos pocos días -dijo el hombre-bestia, satisfecho con el desenlace de esa tensa charla-. Estaré a la espera de tu respuesta.

-Sí, sí, sí, adiós.

Con una innecesariamente cortés reverencia, "Cabeza de Jabalí" se retiró en compañía de sus guardias. Nadie despegó su mirada de la espalda del obeso jefe criminal hasta que este desapareció de su vista, llevándose toda la tensión que quedaba en el salón con él.

-Vaya, creí que alguien iba a terminar con un cuchillo hundido en el pecho -comentó alguien detrás de Alistair, sonando más que aliviado.

-Ojalá hubiese sido así, nada me habría gustado más que rajarle el estómago a ese cerdo inmundo -dijo otra persona.

- ¿Es que no viste a los tipos que iban con él? Esos no eran ningunos novatos -dijo alguien más.

- Entonces, ¿ahora somos amigos de los "Devoradores"? -preguntó una cuarta persona, atreviéndose a dirigirse directamente a su jefe.

-Aún no somos nada de nadie -respondió Bernard, dándose la vuelta y mirando detenidamente a cada uno de sus hombres con un aire autoritario-. Cuando decida algo, serán los primeros en saberlo y esperaré que obedezcan, sin importar cuál sea esa decisión-. Nadie respondió, pero la expresión en sus rostros dejó en claro que ni uno de ellos consideraría desafiar a Bernard. Ese era el grado de respeto y temor que este había conseguido infundir en sus subordinados-. Así me gusta. Eso es todo por hoy, desaparezcan de mi vista.

De ese modo, Bernard se retiró al interior de su oficina y los miembros de las "Lanzas Negras" no tardaron en obedecer su orden y esparcirse. Alistair hizo lo mismo, pues ya no tenía nada que hacer allí y necesitaría tiempo para lavar la sangre y tierra de su cuerpo y ropas para estar presentable cuando regresase al convento, pese a que sería imposible removerlas totalmente.

Sobraba decir que tanto el encuentro entre Bernard y "Cabeza de Jabalí" como la potencial alianza entre las "Lanzas Negras" y los "Devoradores" para tomar el control del mundo criminal de Dalry habían captado su atención casi completamente. Durante toda esa charla, su mente había estado divida entre la labor de escuchar atentamente a las palabras, reacciones y gestos de cada persona involucrada y formular nuevos planes o modificar planes existentes en base a la información obtenida. Ese era un suceso extremadamente valioso y su mente parecía determinada a encontrar la forma ideal de incorporarlo a sus propios designios, incluso si tenía que sobreexigirse para conseguirlo.

"Cabeza de Jabalí" se había convertido en una figura clave en sus futuros planes, pues había dejado más que claro que tenía todas las intenciones de destruir el actual status quo, algo ante lo que nadie podría mantenerse al margen. Una era de cambio vendría de la mano del hombre-bestia, indiferentemente de lo que le deparase en ella, y Alistair debía ser capaz de anticiparse a ella y prepararse adecuadamente, pues todo su trabajo hasta ese punto bien podría volverse inútil si no lo hacía.

En lo que al hombre en cuestión se refería, estaba claro que era un sujeto adinerado, poderoso y más que capaz a la hora de negociar, lo cual seguramente quería decir que tenía más de mercader que solo su aspecto. Cada gesto y palabra de "Cabeza de Jabalí" estaba dotado de la sofisticación y gracia de una persona de alta cuna, el tipo de hombre que ha estado en contacto con la fortuna, el lujo y el poder desde el momento que llegó al mundo. Tanto era así que Alistair no habría despreciado las habilidades analíticas de quien asegurase que aquel hombre-bestia provenía de un origen distinguido, pese a que él sabía con casi total certeza que ese no era el caso. La primera impresión del hombre-bestia, dada su apariencia y sus manierismos, quizás llevaría a ese error, pero Alistair sabía ver más allá y reconocer lo artificial y forzado de ese acto.

Quizás porque él también había nacido como un don nadie y eventualmente se había vuelto un hombre terriblemente poderoso, aún más que aquellos que presumían un linaje excelso, o quizás porque no solo había conocido a muchos hombres que pretendían ser más de lo que eran, supo reconocer inmediatamente el acto que "Cabeza de Jabalí" mostraba al mundo como un engaño, una imitación convincente pero al final falsa de un auténtico aristócrata nato.

Aquel hombre no tenía una gota de sangre azul en sus venas. Al igual que el difunto Alexander Walker, no era más que un hombre común y corriente (quizás incluso menos que eso) que había ascendido a su posición actual por otros medios, con la excepción de que él parecía desesperado por ocultar eso, mientras que Walker siempre lo había visto como una fuente de orgullo, prueba de que no debía su poder y fortuna a nadie más que a si mismo. Alistair podía verlo en cada palabra que usaba (elegidas intencionalmente y de forma algo forzada para sonar refinadas y cultas) y en su pose y gestos (que en un principio parecían naturales pero un observador habilidoso identificaría como el producto de mucha práctica y estudio). Aquellos nacidos en la fortuna mostraban ese hecho de una forma tan natural como lo era respirar para los demás, mientras que aquellos que habían obtenido su propia fortuna y buscaban ocultarlo se veían forzados a hacer un esfuerzo consciente para generar ese engaño, enfrentados a la misma dificultad que una persona encontraría si respirar fuese un proceso manual para ella en lugar de uno automático.

Alistair no sabía cuál era el pasado de "Cabeza de Jabalí" ni cuál era la naturaleza específica de su ambición, pero estaba claro que este deseaba llegar más alto y no permitiría que nada ni nadie se lo impidiese. En ese aspecto, eran muy similares y el hombre-bestia tenía su respeto por ello, pero, lamentablemente, cuando dos personas con una ambición similar y una determinación imparable coincidían, uno de ellos estaba destinado a ser destruido para que el otro pudiese ascender.

Si sus predicciones eran correctas, Bernard aceptaría la oferta de "Cabeza de Jabalí" y estos se unirían para destruir a Gilbert Lorne. Si lo conseguían, Dalry estaría bajo su control y el crimen y la violencia pasarían a dominar sus calles. Ambas partes pretenderían aceptar el año de tregua, pero Bernard buscaría la primera oportunidad para traicionar ese acuerdo y destruir a su supuesto aliado antes de que tuviese tiempo de consolidar su poder. Claro está, era muy posible que "Cabeza de Jabalí" tuviese intenciones similares. Al final, todo dependería de quién fuese el primero en reorganizar sus fuerzas y atacar a su rival antes de que ese año pase. El futuro de todo Dalry dependería de ello.

Al parecer, tendría más trabajo entremanos en el futuro próximo del que había esperado.

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