Serpiente de la Reencarnación [Spanish] 5 Capítulo 5

- ¡Este lugar es genial, Al! ¡Es toda una mansión, solo para nosotros!

- ¿R-realmente p-podemos estar aquí?

-Por supuesto, este lugar lleva mucho tiempo abandonado, no creo que nadie siquiera recuerde que está aquí.

Todos los huérfanos que lo habían acompañado en esa excursión se encontraban sumidos en la más intensa emoción mientras paseaban sus miradas por cada centímetro de aquel patio abandonado, el cual estaba por convertirse en su nuevo escondite. Era difícil suponer qué habrían imaginado la primera vez que Alistair había mencionado ese lugar, pero lo que se habían encontrado claramente superaba sus expectativas.

Años atrás, aquel barrio, ubicado en la zona sur de Dalry, había servido de hogar para familias de lo más nobles e ilustres, las cuales habían erigido elegantes y costosas mansiones allí, deseosos de presumir su riqueza y poder ante los demás. Viviendo a la sombra del masivo castillo del Duque, el cual se alzaba en el horizonte tras una segunda muralla que lo separaba del resto de Dalry, era imposible decir si cada uno de esos nobles se había contentado con una vida de lujos y despilfarro o si alguno había anhelado algo más que eso, pero tampoco importaba, pues ya no quedaba rastro de ellos en esa ciudad, excepto por aquellas mansiones en las que habían vivido.

Los rumores sobre el destino final de aquellos nobles eran variados y la verdad era difícil de descubrir. Algunos decían que simplemente habían abandonado la ciudad poco a poco en pos de una vida aún más suntuosa en la capital del reino, otros decían que se habían extinguido luego de que sus principales miembros cayesen durante las batallas contra el Rey Goblin hace dos décadas, y también había quienes aseguraban que estos habían sido purgados de forma secreta y sutil por el Duque luego de que este descubriese que formaban parte de un complot con el vecino Reino de Adras, acérrimo enemigo del Reino de Praiven, con el objetivo de deponerlo y entregar la provincia de Garn a cambio de una posición más privilegiada. Cada rumor tenía su lógica e indicios de que era el verdadero, así como un montón de falsedades que indicaban que no lo era, y al final él eligió no desperdiciar su tiempo persiguiendo la verdad, pues no juzgó que hacerlo fuese a traerle ningún beneficio que lo justificase.

Con el paso de los años, muchas de esas mansiones habían sido derribadas y reemplazadas por casas más humildes, comercios e incluso talleres, pero no todas enfrentaron ese destino. Ocultas entre el laberinto de callejuelas y construcciones que componía gran parte de Dalry, aún quedaban en pie algunas de esas antiguas mansiones, abandonadas a la merced del tiempo y olvidadas completamente.

Había sido así como, por mera casualidad, Alistair había dado con aquella mansión durante una de sus exploraciones. El portón de entrada había colapsado hace mucho tiempo, bloqueando el acceso al edificio y ayudando a ocultarlo, pero unos pocos minutos de búsqueda le habían permitido dar con un hoyo en el muro exterior lo suficientemente grande como para que un niño pudiese atravesarlo y entrar a aquel lugar.

La mansión en si consistía en un complejo de una sola planta. Ante la entrada original se encontraba un amplio patio con una fuente en medio, aunque el pasto en él había crecido de forma descontrolada y la fuente se encontraba quebrada y cubierta de maleza. A los costados se encontraban dos galerías, similares a las del convento, en las que en el pasado habría vivido el personal de la mansión, pues claramente su interior era demasiado precario para un noble. Siguiendo al fondo, uno ingresaría a la parte principal de esa mansión, una amplia sala en ruinas de la que salían tres pasillos que llevaban a distintas habitaciones, aunque uno de ellos había colapsado y Alistair no había querido arriesgarse a explorar los otros dos, no solo por el riesgo de derrumbes si no era cuidadoso, sino que porque el aire en ellos estaba tan viciado que adentrarse más sonaba como una idea suicida.

Al final, se había contentado con permitir a los huérfanos usar la zona del patio y la sala principal. Ahora mismo todos ellos se encontraban desperdigados por aquel lugar, pues los había traído en una excursión tal y como les había prometido. Él, por su parte, se encontraba sentado en el borde de la fuente, observando a los niños disfrutar de esa suerte de refugio personal que él les había otorgado.

-Es como un castillo -comentó Peter, asombrado. Luego de Alistair, él era probablemente el más curioso de todos los huérfanos, hasta el punto en que solía interrogarlo sobre las cosas interesantes que había leído, pues aún no poseía la paciencia suficiente como para sentarse a leer por su cuenta.

- ¡Es nuestro castillo! -lo corrigió Coll, quien ya se encontraba dedicado a la tarea de remover los restos de la fuente y la maleza del patio, aunque lo hacía de una forma un tanto bruta y torpe. Aún así, su fuerza y vigor eran considerables, tomando en cuenta su edad.

- ¡Se puede ver el Templo desde aquí...y creo que el río también! -informó Oliver desde el techo de una de las galerías, al cual había escalado junto a su hermano gemelo, Isaac, en cuanto Alistair se había descuidado.

Los dos gemelos no solo lucían idénticos físicamente, sino que también tenían el mismo corte y vestían del mismo modo, lo cual les permitía confundir a otros sobre cuál era cuál. De todos el grupo, eran los más traviesos e intrépidos y parecían encontrar placer en sacar de quicio a las monjas del convento, en particular a la Hermana Grace, la monja anciana que había estado presente durante el nacimiento de Alistair.

Allí donde él mirase, podía ver a los huérfanos jugando y divirtiéndose. Cada uno de ellos tenía su particular personalidad y cosas en las que comenzaban a destacar y él se había asegurado de aprender cada una de ellas de forma que pudiese fomentar sus talentos naturales en un futuro cercano.

-Es como el convento, pero aquí no hay adultos -comentó Evelyn, maravillada. A diferencia de los otros niños, ella había permanecido a su lado, claramente demasiado nerviosa como para explorar por su cuenta. Ella no solía relacionarse demasiado con los otros huérfanos, aunque de vez en cuando jugaba con ellos, y solo Alistair parecía haberse ganado su confianza-. Podemos jugar a lo que queramos, ¿v-verdad, Al?

-Mientras no llamemos la atención ni nos metamos en problemas, podemos hacer lo que nos dé la gana -respondió él, pasando su mano por la cabeza de la niña de forma afectiva-. Este lugar es nuestro ahora y no hay nada ni nadie que pueda limitarnos, así como no hay nadie que limite al rey mientras se encuentra en su reino-. Sus palabras pronto captaron la atención de los otros huérfanos, en gran parte debido a que había alzado el tono para que pudiesen oírlo-. Aquí seremos lo que queramos ser y haremos lo que queramos hacer. Los adultos nos dirán que lo hacemos porque la imaginación es lo único que los huérfanos sin hogar ni familia tenemos, pero se equivocan. Nosotros podemos ser mucho más, nos volveremos mucho más. Ahora, nuestro reino está limitado a esta mansión, pero algún día habremos de crecer y volvernos adultos y entonces nuestro reino no conocerá límites.

- ¿Realmente podemos hacer todo eso? -preguntó Isaac, quien en algún momento había bajado del tejado junto a su hermano.

-Yo me aseguraré de que así sea -afirmó Alistair, paseando su mirada por su maravillado público-. No dejaré que se conviertan en adultos aburridos y patéticos, ustedes no se merecen eso, no cuando el mundo les ha quitado tantas cosas. Juntos, crearemos el futuro que deseemos, no el que otros quieran obligarnos a vivir.

En esa ruinosa mansión comenzaría también su imperio y esos niños perdidos y desprotegidos habrían de volverse sus primeros súbditos. No mentía, él los haría grandes y poderosos y a su vez ellos lo ayudarían a él a alcanzar la grandeza.

Solo un criminal de baja monta creía que para llegar lejos no había otro camino que destruir y explotar a quienes lo rodeaban. Alistair prefería hacer las cosas de un modo más pragmático, actuar con supuesta bondad o terrible crueldad cuando fuese necesario, dependiendo de qué curso de acción lo beneficiase más.

Eso era lo extraño y a la vez maravilloso de sus maquinaciones, la forma en la que incluso un acto técnicamente benigno como ofrecer un mejor futuro a un grupo de huérfanos podía servir a un propósito vil y egoísta.

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Para cuando hubo regresado a los huérfanos al convento, ya estaba atardeciendo, pero aún así él no dudó en despedirse de sus compañeros y partir por su cuenta, internándose una vez más en el entramado de callejuelas. Las monjas le permitían estar fuera hasta que anocheciese, pues era entonces cuando solía terminar su turno en la taberna, e incluso en su día libre esa regla no cambiaba. Aún así, él estaba dispuesto a meterse en problemas con ellas de hacer falta con tal de conseguir lo que se proponía ese día.

En silencio, recorrió las muchas calles que separaban el convento de su destino. Sobre las ropas donadas al convento que usaba usualmente (y que incluso había vestido durante su excursión con los huérfanos) llevaba puesta una tela desgastada que cubría la parte superior de su torso y servía también como capucha, dándole un aspecto aún más precario de lo normal. Además, en el interior de su pantalón llevaba oculto un pequeño regalo que Aulay Quiller le había hecho, uno que había asegurado que le evitaría problemas cuando volviese de trabajar en la taberna mientras anochecía, aunque había insistido en que no se lo mostrase a las monjas y solo lo usase como último recurso: un cuchillo de hierro de diseño simple y burdo, pero más que práctico.

Habría quien diría que no hacía falta disfrazarse de pordiosero o ir armado, pero el lugar al que se dirigía y lo que planeaba hacer allí requerían que tomase esos recaudos mínimos.

Tras un buen rato de caminar, pudo notar como el escenario frente a él comenzaba a cambiar, pasando del estilo simple pero decente de la mayoría de los barrios de Dalry a uno mucho más decadente. No necesitó valerse del mapa que había trazado en su mente para saber que acababa de llegar a su destino: los bajos fondos de la ciudad.

No se detuvo a observar aquel lugar, desconocido para él hasta entonces, ni a hacer nada que revelase que no era un habitante de la zona, pues esa sería una forma rápida de convertirse en el objetivo de algún maleante de poca monta y no deseaba problemas innecesarios cuando ya de por si se estaba metiendo de cabeza en algo peligroso.

No conocía esa zona, pero en su vida anterior había recorrido lugares similares, cuando su imperio no estaba aún establecido y él era poco más que un matón del montón obedeciendo las órdenes de hombres más poderosos. A diferencia de Alistair, Alexander Walker no había experimentado una niñez dura o en la que le hiciese falta algo, aunque tampoco le habían sobrado lujos. Él había sido un niño común y corriente que había crecido en una familia común y corriente de clase media, igual a las muchas otras familias que existían en su mundo original. Si en algo se había diferenciado de otros niños, eso era en que era mucho más capaz que sus pares, ya fuese en el ámbito académico o en el deportivo. Bañado de elogios por los adultos que lo rodeaban, él había cometido el error de creer que era una existencia especial y superior a los demás, alguien que había nacido bendecido y destinado al éxito.

Descontando el haber permitido vivir a quien crecería para destruir su imperio y asesinarlo, ese era el error de su pasado que más resentía, su mayor vergüenza.

Cegado por sus estúpidas ilusiones de grandeza, él había pasado toda su niñez dominado por un ego masivo y viendo a todos los que lo rodeaban como perdedores irremediables. Sin embargo, cuanto más grande es el orgullo, más dolorosa es la caída y él no fue la excepción. No había ningún evento particular al que pudiese atribuir la destrucción de su infantil arrogancia ni nadie a quien pudiese culpar más que a sí mismo. Su caída había sido un proceso lento y paulatino, uno que había ocurrido a medida que él crecía y comenzaba a compararse a quienes le rodeaban, buscando cada vez desafíos mayores y rivales más prometedores para probar su supremacía. En su mente, su historia habría de ser una llena de gloria, como la de los grandes héroes que superan cuantos obstáculos se ponen en su camino, pues es su destino llegar más lejos que nadie.

Sin mucho esfuerzo, encontró aquellos desafíos y rivales que anhelaba y se dispuso a superarlos, incluso si debía enfrentar derrotas menores ocasionalmente, pues, incluso en el auge de su arrogancia, no se consideraba completamente infalible y precisamente perseguía esos obstáculos para que lo forzasen a auto-superarse. Pese a ello, no pasó mucho tiempo antes de que comenzase a comprender que aquellos no eran obstáculos, pues un obstáculo existe para ser superado, sino que el fin de su camino, un muro impenetrable en su búsqueda de supuesta grandeza predestinada, uno que no era capaz de superar. Desesperado, él se aferró a su orgullo y a sus ilusiones e intentó superar ese muro una y otra vez, cada vez volviéndose más consciente de sus propias limitaciones.

Fue así como enfrentó la primera y posiblemente mayor desilusión de toda su vida. A medida que sus fracasos se acumulaban y él se veía superado por aquellos que había juzgado como sus inferiores, la realidad de su mediocridad le golpeó con terrible fuerza. Él no era especial, él no estaba destinado a la grandeza ni a nada similar, él no era más que un idiota que se había creído extraordinario al compararse con personas aún más patéticas que él, pero que al final no podía siquiera llegar a las puntas de los pies de aquellos que verdaderamente destacaban por encima de los demás.

No era más que un pez que había crecido en una pecera pequeña, creyéndose la más grande y poderosa de todas las bestias marinas, solo para conocer el vasto mar y descubrir que él no era más que una criaturilla triste y patética.

Esa revelación lo destrozó, pese a que a ojos del resto del mundo aquello parecía una tontería. Después de todo, ¿que no era normal que los niños soñasen grande y se creyesen destinados a cosas impresionantes, solo para aceptar una visión más "realista" del mundo al madurar? ¿Qué no era lógico que él abandonase esos anhelos "infantiles" y comenzase a encauzar su vida por un rumbo más lógico? Sí, para cualquier otra persona aquello habría sido algo normal y comprensible y ciertamente no excusaba el que se hubiera convertido en un hombre tan terrible, pero esa era la lógica de los débiles y los mediocres, de aquellos que están contentos con ser un rostro más en la multitud y no tienen sueños, más allá de cosas mundanas como un ascenso en el trabajo, unas vacaciones en algún destino paradisíaco o poder darse algún capricho costoso. Lo que otros veían como algo normal, él lo veía como una horrible prisión que amenazaba con encerrarlo en su interior y condenarlo a un destino peor que la muerte, a una vida mediocre e insignificante.

Él aprendió su lección tras ver su arrogancia destrozada y comprendió que no poseía ningún destino glorioso ni había ninguna característica innata en él que lo hiciese mejor que los demás, mas eso no quería decir que hubiese aceptado el patético futuro que el mundo buscaba imponer en él. Reuniendo el orgullo que aún le quedaba y usando su fracaso para alimentar su determinación, juró que alcanzaría la grandeza de un modo u otro, que se alzaría por encima de los demás, no porque fuese su destino, sino que porque esa era su voluntad.

En su búsqueda desesperada de un camino que permitiese a un ser tan poco especial como él alcanzar su ambición, había recorrido rincones oscuros y se había sumergido en un mundo de violencia, crimen y muerte. Había sido allí donde él había dado sus primeros pasos, aquellos que eventualmente lo habían llevado a alturas que su yo más joven ni siquiera habría sospechado, así como los que lo habían llevado a experimentar la verdadera muerte por primera vez.

Ahora, él estaba por sumergirse en un mundo muy similar a ese, esta vez dotado de un cuerpo más joven que el que había tenido al recorrerlo en su vida anterior pero también de una mayor sabiduría.

Él era una serpiente a la que su misma naturaleza debería haber condenado a arrastrarse por el suelo pero que anhelaba llegar más alto que cualquier otra criatura, incluso si para hacerlo debía aprovecharse de otras bestias más impresionantes, trepar sus cuerpos para alcanzar mayores alturas y hundir en ellas sus venenosos colmillos cuando intentasen oponérsele.

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Si uno ignoraba su aspecto maltrecho, cosa común en los bajos fondos, aquella casa no poseía ninguna cualidad que la hiciese destacar de todas las demás que formaban parte de esa siniestra calle, a excepción de una sola cosa: la presencia de un par de brutos claramente peligrosos descansando en su entrada, casi como si se hubiesen detenido a conversar un rato en lugar de estar protegiendo ese lugar en particular, que era lo que realmente estaban haciendo. Alistair ignoraba si existía alguien en esa ciudad que fuese a caer ante ese engaño, pero al menos él no se lo había creído ni por un momento. Por el contrario, la presencia de esos sujetos en esa particular zona de ese barrio empobrecido le ofreció el indicio que llevaba ya un buen rato buscando.

Hasta ese punto, había conseguido moverse dentro de los peligrosos bajos fondos de Dalry sin ser detectado, pero ahora que había encontrado lo que buscaba, no dudó en revelar su presencia ante aquellos dos maleantes, los cuales no tardaron en reparar en él y adoptar una expresión agresiva.

- ¿Y tú qué mierda miras, mocoso? -soltó uno de ellos, prácticamente escupiendo las palabras. Tenía un aspecto desalineado, con su cabellera castaña cortada de forma torpe, una barba incipiente decorando su rostro y unos ojos verdosos que transmitían pura hostilidad. Al abrir este la boca, Alistair notó que le faltaban algunos dientes, ya fuese por su pobre higiene bucal o porque alguien se los había tirado de un golpe-. No vamos a darte limosna así que no molestes.

-No vengo a pedir limosna ni nada similar -respondió él a la par que retiraba su capucha para exponer su rostro-. Busco a Bernard.

Si ya de por si la expresión de aquellos tipos no era agradable, la mención de aquel nombre causó que esta adoptase un aspecto que indicaría a cualquier hombre que apreciase su vida que ese era el momento de salir huyendo de allí lo más rápido posible. Alistair, sin embargo, no solo no se movió de su lugar sino que mantuvo una impecable cara de póquer, indiferente ante la actitud amenazadora del par.

-Te estás ganando una paliza, niño -dijo el otro hombre, un calvo de ojos grises cuyo rostro presentaba unas marcas similares a las que él había visto en víctimas de la viruela en su mundo original. Su voz era notoriamente rasposa y hablaba de una forma lenta y calmada pero aún así considerablemente más intimidante que la de su compañero-. Tienes un segundo para desparecer de mi vista o tendrás que volver a casa arrastrándote.

Soltando un gruñido, el hombre de la barba incipiente se separó de la entrada y comenzó a acercarse lentamente a Alistair, hasta que la sombra de su corpulenta figura lo cubrió. Pese a eso, él no cambió su expresión ni se alejó un centímetro, más allá de llevar su mano derecha disimuladamente al lugar donde tenía escondido su cuchillo.

-Quiero unirme a las "Lanzas Negras".

"Lanzas Negras" era el nombre utilizado por la banda de criminales que Bernard dirigía, la misma banda a la que esos dos seguramente pertenecían.

-Pues qué lástima, mocoso idiota -dijo el hombre a la par que todos sus músculos se tensaban. Estaba claro que no tenía intención de continuar esa conversación- ¡Ya no aceptamos más miembros!

El puño del bruto surcó el aire a toda velocidad, dirigido hacia el rostro de Alistair y cargando la suficiente fuerza como para tumbarlo de un solo golpe. Sin embargo, para ese punto él ya se encontraba en movimiento, habiéndose lanzado hacia delante y desenfundado su cuchillo. Aquel puño siguió de largo sin llegar a tocarlo y antes de que su enemigo hubiese conseguido recuperar el equilibrio y lanzar un segundo ataque, él ya se había colocado a sus espaldas y su cuchillo se encontraba en movimiento. Un instante más tarde, la hoja de su arma se hundió en la entrepierna de aquel sujeto, para ser más precisos: la unión entre su entrepierna y su muslo derecho, aproximadamente donde se encontraba la arteria femoral.

-No hay problema, solo tengo que dejar tu puesto libre -dijo Alistair, sin poder reprimir una sonrisa sardónica, a la par que se alejaba rápidamente del hombre herido.

Un potente alarido salió de la boca de su víctima y esta cayó al suelo, llevando sus manos a su muslo derecho, donde la sangre parecía emanar a caudales, tiñendo todo lo que tocaba de rojo escarlata. Dada su falta de práctica con un objetivo humano desde que había renacido y su cuerpo infantil, Alistair no sabía si había conseguido cortar precisamente la arteria femoral, pero incluso si no lo había hecho, una herida en esa zona sería no solo terriblemente dolorosa sino que también letal si no era tratada pronto.

Dado su tamaño y contextura, era imposible que él pudiese enfrentarse a un adulto en un choque directo, pero al mismo tiempo esas cualidades también le otorgaban una ventaja a la hora de maniobrar alrededor de enemigos grandes, lentos y torpes como ese, así como para alcanzar lugares que tendría problemas para atacar de poseer el tamaño de un adulto.

Esa era su primera victoria en combate y posiblemente la primera vida que tomaba desde que había renacido, pero él no permitió que aquello se le subiese a la cabeza. Había vencido, sí, pero solo porque su enemigo lo había subestimado y eso le había permitido ejecutar ese ataque sucio de forma sorpresiva. Seguía estando en completa desventaja frente a un adulto y algo le decía que su siguiente rival no le dejaría las cosas tan fáciles.

-Veo que no eres un niño común y corriente -dijo el hombre en cuestión, sin perder la calma e ignorando completamente a su compañero caído, quien seguía gritando y desangrándose en el suelo. Sin despegar sus ojos de su enemigo, extrajo un grueso cuchillo, similar a un machete, que colgaba de su cintura y comenzó a moverse hacia un lado, manteniendo una distancia prudencial. No escapó a la atención de Alistair que al desenfundar su arma, el hombre había usado sus codos para dar dos golpes "accidentales" en la puerta que había estado protegiendo hasta entonces. Era seguro suponer que pronto tendrían compañía- ¿Quién te envía? ¿Murdoch? ¿Lorne? ¿"Cabeza de Jabalí"? Son los únicos, además de nosotros, que no dudarían en usar a un niño para algo como esto.

-Busca una respuesta a una pregunta que no tiene sentido, señor -respondió Alistair, atento ante la posibilidad de que esa charla fuese un intento de hacerle bajar la guardia o distraerlo-. No me envía nadie, vengo por cuenta propia para unirme a las "Lanzas Negras", como intente explicarle a su amigo.

-No es mi amigo -dijo el calvo y todo su lenguaje corporal indicó que iba a lanzarse a atacar.

Antes de que nadie se hubiese movido, sin embargo, la puerta que el hombre había tocado se abrió de forma súbita, captando la atención de ambos combatientes.

-Suficiente, William -exclamó una voz ronca y autoritaria.

De las sombras del interior de esa casa, una nueva figura se materializó. Se trataba de un hombre alto y de cuerpo delgado pero atlético; vestido de pies a cabeza con ropas de colores opacos que claramente llevaban un tiempo sin ser lavadas, las cuales usaba en conjunto con un peto, guanteletes y botas de cuero. Su rostro poseía rasgos toscos y poco agraciados, a los cuales no ayudaba la grotesca quemadura que cubría la zona de su cuello, perilla y el lado izquierdo de su mandíbula. Estaba entrado ya en edad, como evidenciaban las patas de gallo que decoraban sus ojos anaranjados y las canas que tenían de gris los costados de su corta cabellera, de un castaño particularmente claro.

Lo viese por donde no lo viese, aquel era un matón en toda regla, hasta el punto en que incluso el hombre más incauto podría identificarlo como tal. Aún más importante, ese hombre emanaba un aura de peligro incomparable a la de los otros dos hombres. Allí donde aquellos dos parecían envueltos por una hostilidad pura, intensa y apenas controlada, en especial en el caso del hombre apuñalado, la hostilidad de aquel sujeto era mucho más fría y refinada, difícil de ver para alguien poco perceptivo pero alarmante para quienes sabían "leer" a otros.

El mismísimo instinto de Alistair le decía que ese era un enemigo al que no podía subestimar bajo ningún concepto, no en su condición actual. Claro está, él no tenía intención alguna de hacer algo semejante, pues ese peligroso hombre era el motivo por el que se encontraba allí en primer lugar.

-Jefe -dijo el calvo, cuya postura se había relajado al oír esa orden y sus ojos estaban ahora fijos en el hombre que acababa de hacer acto de aparición. El respeto en su tono era más que evidente.

Alistair supo en el acto que podría aprovechar esa oportunidad para lanzarse a por él y eliminarlo antes de que pudiese reaccionar a tiempo, pero también supo que si lo hacía, el otro hombre lo eliminaría inmediatamente después. No era que tuviese intención alguna de hacerlo, obviamente.

-Vaya desastre que has hecho en la puerta de mi casa, niño -dijo aquel hombre. Sus ojos, fríos como el hielo, se posaron en su subordinado caído, el cual parecía haber entrado en estado de shock y apenas se movía, pero en ellos no se reflejó otra cosa que el desprecio.

-Intenté evitarlo, pero no me quedaba otra opción si quería conocerlo... -dijo Alistair, regresando a su anterior actitud educada y cordial, la cual desentonaba bastante en un lugar con ese, en especial cuando uno tomaba en cuenta que blandía un cuchillo ensangrentado en una de sus manos-...señor Bernard.

Una de las cejas de Bernard se alzó levemente al oír aquello, ya fuese porque le sorprendía que aquel niño supiese su nombre o porque le extrañaba su actitud.

- ¿Quién eres, niño? -preguntó entonces.

-Soy Alistair, uno de los huérfanos que viven en el convento de la diosa Amaria -respondió él, inclinando la cabeza levemente a modo de cortés saludo-. Vine aquí porque deseo unirme a las "Lanzas Negras".

-Vaya, vaya, así que tenemos a uno de los huérfanos de ese nido de monjas aquí -dijo Bernard, sonriendo divertido ante aquella revelación. Era una expresión relativamente normal, pero su rostro tosco y sus dientes amarillos y doblados volvían esa sonrisa bastante tétrica-. A la Hermana Margaret no le gustaría saber que uno de sus "retoños" se encuentra en un lugar como este, apuñalando a adultos.

-En ese caso, no hay necesidad de que lo sepa, ¿verdad? -replicó Alistair, adoptando un tono menos serio, como si compartiese una broma con aquel peligroso criminal.

La horrible sonrisa de aquel hombre se ensanchó y este soltó una sonora carcajada, cada vez más entretenido por aquella conversación.

- ¡Ja, ja, ja! ¡Veo que el cuchillo no es lo único con lo que eres habilidoso, Alistair! -exclamó, abandonando su inicial actitud fría casi completamente y adoptando una mucho más casual, aunque sin que esa aura de peligro desapareciese-. No me interesa hacer de "mami" de mocosos inútiles, pero creo que el muerto delante de nosotros es prueba de que tú no eres un mocoso inútil, o al menos que eres lo suficientemente no inútil como para unírtenos.

Alistair no perdió un segundo en emular una expresión de sorpresa y alegría, mostrándose por unos momentos como un niño que solo deseaba ser parte del mundo de los adultos y escapar de su triste realidad. Eso era una señal de que era vulnerable y débil, una señal que Bernard claramente detectó. Dejaría que él sacase sus propias conclusiones y trazase sus propios proyectos personales en base a ello, eso era algo sobre lo que no podía tener tanto control cuando conocía tan poco al hombre. Por suerte, adaptarse a nuevos sucesos y alterar sus planes en base a ellos era una de sus especialidades.

-Muchas gracias, señor Bernard. Le prometo que no se arrepentirá de esto.

-Ya veremos...y deja de decirme "señor", "Bernard" es suficiente -dijo el criminal a la par que le daba la espalda y se disponía a regresar al interior de aquella casa-. Por hoy no hay nada más de lo que discutir, vuelve a tu convento antes de que las monjas te regañen o algo...y, por lo que más quieras, limpia ese cuchillo primero. Ya habrá tiempo para iniciarte otro día-. Con esas palabras, la figura de Bernard comenzó a sumirse en las sombras-. William, deshazte del muerto.

-Sí, jefe -respondió el calvo, obediente, para luego dirigir una breve mirada a Alistair, una en la que se mezclaba la curiosidad y la precaución, como si no supiese qué conclusiones sacar sobre el joven-. Bienvenido a las "Lanzas Negras", niño.

Tras decir eso, aquel bruto tomó el cadáver de su compañero caído y se retiró, cargándolo como si fuese un mero saco de patatas.

Alistair no dudo en hacer caso a las indicaciones de Bernard y abandonó ese lugar también, no sin antes volver a cubrir su cabeza con aquella capucha. Primero, removería la evidencia de su primer asesinato en ese mundo de su arma y luego regresaría al convento, pues mañana le esperaba otro día de trabajo en "El Yelmo Quebrado".

Solo él lo sabía, pero ese particular encuentro había iniciado una reacción en cadena que en un futuro habría de expandirse por todo Dalry e incluso más allá, hasta eventualmente cubrir el mundo entero.

La serpiente que anheló mayores cielos y fue destruida en el intento habría de iniciar su ascenso nuevamente, esta vez para llegar más lejos que nunca antes. Esa voluntad que ni la muerte había conseguido debilitar le llevaría a la cima del mundo e incluso más alto, se aseguraría de que así fuese.

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