Serpiente de la Reencarnación [Spanish] 4 Capítulo 4

La ciudad de Dalry era una urbe masiva, digna de servir como capital de la provincia de Garn. Había sido erigida originalmente a las orillas del Cauce de Douglas, el principal río de la región, aunque desde entonces había crecido hasta tal punto que dicho río separaba ahora el sector norte del resto de la ciudad y se encontraba rodeado por edificios, muelles y otras construcciones. Toda la ciudad (la parte del río que la cruzaba incluida) estaba rodeada por una enorme muralla, con cada una de sus entradas vigiladas por la guardia local. Pese a ello, en las últimas décadas Dalry había crecido hasta tal punto que expandirse más allá de sus muros había sido una necesidad, motivo por el que en la actualidad uno podía ver barrios improvisados que se extendían desde el exterior de las murallas y en torno a los caminos que llevaban al interior de la ciudad, poco a poco ocupando el espacio entre la ciudad original y los campos que la rodeaban en todas las direcciones.

Alistair nunca había puesto pie fuera de Dalry ni tenía motivos para hacerlo, al menos de momento. En cambio, su interés estaba dirigido hacia aquello que yacía dentro de esos muros.

El convento donde él y los otros huérfanos vivían se encontraba en el extremo este de la ciudad, a escasas calles de la muralla. El mismo pertenecía al culto de Amaria, diosa del hogar, la familia y los niños, cuyos seguidores se dedicaban a proteger a las madres y niños que no tenían a donde ir y asistir en los partos, valiéndose de la magia sagrada que poseían para ello. Dicho culto se encontraba bajo la autoridad de la Gran Catedral, como todos los otros cultos y órdenes dedicados a los numerosos dioses de su panteón, aunque generalmente se les permitía actuar con independencia.

Muchos otros cultos tenían sus propios edificios esparcidos por todo Dalry, mas el centro religioso de la ciudad se ubicaba también en el centro geográfico de la misma: un amplio espacio conocido como la Plaza Central, donde el Templo de Dalry se alzaba en todo su esplendor. "El Yelmo Quebrado" se encontraba también en la Plaza Central y debido a eso él había realizado el recorrido hasta la misma numerosas veces.

Saliendo del convento, Alistair emergió a una callejuela de tierra lodosa e uniforme, poco transitada a esas horas del día. Solo las calles principales de Dalry estaban empedradas, principalmente para facilitar el movimiento de las carretas y carrozas, mientras que las callejuelas que discurrían en el espacio entre las mismas poseían ese aspecto tosco y descuidado, con las casas construidas de forma apretujada a sus lados proyectando su sombra sobre ellas. El desarrollo de la ciudad y la disposición de sus calles habían carecido de todo tipo de planeación, motivo por el cual esas callejuelas formaban ahora un entramado casi laberíntico que incluso los habitantes de la ciudad encontraban confuso. Alistair, por suerte, había pasado mucho tiempo recorriendo Dalry y no tuvo problemas para desplazarse a través de esas callejuelas, esforzándose por evitar sus sectores más maltrechos, para llegar finalmente a una calle principal.

Incluso antes de que hubiese puesto pie en esa calle, el bullicio de los nativos de la ciudad y los visitantes yendo y viniendo mientras se encargaban de sus asuntos llegó a sus oídos. Se trataba de una cacofonía de voces y ruidos varios, en especial el de los gritos de los mercaderes intentando atraer clientes a sus tiendas o puestos callejeros y los caballos llevando carrozas. El sonido no le molestaba en lo más mínimo, pero sí había algo a lo que no había conseguido acostumbrarse incluso tras una década en esa ciudad, eso era el olor. Todas las calles principales estaban impregnadas de un olor que él encontraba nauseabundo, mezcla de la comida expuesta al sol todo el día y la abundancia de caballos que recorrían esas calles, los cuales no tenían reparo alguno en defecar al paso, forzando a los demás a hacer piruetas para no pisar sus deshechos. Si a eso se le sumaba que la sanidad y la limpieza no eran una prioridad de la mayoría de los habitantes de Dalry, no era una sorpresa que sus calles apestasen de ese modo. Alistair podía incluso sentirse agradecido de haber nacido cuando lo había hecho, pues la construcción del sistema de alcantarillas bajo la ciudad había hecho mucho por mejorar la higiene general de Dalry. Según Aulay Quiller, antes de eso, pisar heces de caballo habría sido el menor de sus problemas.

Dejando de lado los aspectos menos agradables de esa calle, la imagen que esta ofrecía era de lo más interesante. Aquí y allá podían verse individuos de todas las formas y colores, ya fuesen nobles vestidos de forma elegante asomándose desde el interior de sus elaborados carruajes, campesinos transportando sus bienes a la Plaza del Mercader (un espacio especial de comercio ubicado en la zona norte de la ciudad, cruzando el río) e incluso varios no-humanos. Con tan solo mirar de forma casual, pudo identificar las orejas peludas y los rasgos lupinos de un hombre-bestia (tenía entendido que eran una raza muy variada, con sub-especies que poseían características de distintos animales, aunque desconocía la explicación biológica para eso) y la figura baja y robusta de un enano. Esa diversidad y actividad constante hacían que la calle rebosase de vida y energía, como si la misma fuese una de las venas de Dalry y esas personas la sangre que fluía por ella.

Pese al denso tráfico de personas y vehículos, Alistair no tuvo problema para moverse a lo largo de esa calle, valiéndose de su tamaño y agilidad para evadir cualquier obstáculo que se le presentase. Tras haber pasado tantos años de su vida anterior confinado a oficinas y salas de reuniones y unos años más de esa vida como un infante incapaz de ir a ningún lado por sus propios medios, él ahora encontraba esos momentos de actividad y ejercicio físico como una experiencia de lo más placentera. Habría quien lo acusaría de narcisismo, pero no podía evitar regodearse en la vitalidad juvenil de ese cuerpo, incluso tras llevar una década en él.

A diferencia de las callejuelas interiores, las calles principales de Dalry estaban flanqueadas casi completamente por todo tipo de tiendas y establecimientos. Generalmente, Alistair se tomaba el tiempo para pasear frente a ellos y curiosear de camino al trabajo (aunque había aprendido que la mayoría de las tiendas no deseaban su presencia, seguramente temiendo que intentase robar algo), pero en esa ocasión su conversación con los otros huérfanos había consumido demasiado de su tiempo, por lo que no tuvo más opción que seguir de largo.

Al cabo de unos minutos, aquella calle llegó a su final y él llegó a la Plaza Central, en cuyo centro se alzaba una de las estructuras más grandes e impresionantes de la ciudad: el Templo de Dalry, sede de todos los eventos religiosos que ocurrían en la ciudad y la atracción principal de esa plaza. Perfilado contra el cielo, el campanario ubicado en la punta de la cúpula que formaba el templo permanecía silencioso, lo que quería decir que había llegado antes de la primera campanada de la tarde.

Además del Templo de Dalry, la Plaza Central contaba con otros establecimientos de gran importancia para la ciudad, desde oficinas administrativas hasta la sede del Gremio de Aventureros, una organización cuyos miembros servían como una suerte de mercenarios, aceptando todo tipo de trabajos siempre y cuando la paga fuese suficiente. Sin embargo, él no se dirigió a ninguno de esos lugares, sino que al edificio de dos plantas ubicado precisamente donde la calle que él había recorrido y aquella plaza se unían. Estaba construido con una mezcla de piedra y madera pintada de blanco, de aspecto rústico pero acogedor.

No más cruzar la entrada, se encontró con una sala bastante amplia, ocupada en gran parte por mesas y sillas en las cuales había gente bebiendo, comiendo y conversando. Junto al muro derecho había una escalera que subía a la planta superior, en la que varias habitaciones se alineaban una frente a la otra, y en el muro izquierdo podía verse una chimenea que en esos momentos se encontraba apagada. En el centro, mientras tanto, se encontraba una amplia barra, dotada de varios taburetes con aún más gente ocupándolos.

Del ambiente y la decoración de ese lugar no había nada claro que decir, pues daba la impresión de ser una mezcla de elementos que no guardaban relación alguna. Los muros estaban decorados con cuadros desgastados, armas oxidadas, tapices en un estado que dificultaba comprender qué representaban, cabezas embalsamadas de todo tipo de criaturas que servían como trofeos de caza y varios objetos cuyo propósito u origen le era imposible señalar. Lo único que quedaba en claro de todo eso era que el dueño de ese lugar o era un coleccionista muy particular o había experimentado una vida llena de aventuras y sucesos emocionantes, pues estaba claro que cada objeto que decoraba esa sala guardaba una historia. Alistair sabía que era el segundo caso, pues ya había tenido la oportunidad de oír muchas de las historias que acompañaban a esos objetos, quizás más veces de las que le habría gustado.

-Miren nada más al niño, tan puntual como siempre -exclamó una voz jovial y poderosa, lo suficiente como para hacerse oír por todo el establecimiento, en cuanto él hubo dado unos pasos en dirección a la barra-. Da gusto trabajar con gente así de profesional.

Levantándose de la mesa en la que había estado conversando hasta entonces, un hombre de cuerpo fornido aunque algo fuera de forma y rostro bonachón se dirigió hacia él. Se trataba de alguien entrado ya en la adultez, rondando más o menos sus cincuenta años, pero dotado de una expresión y actitud tan llenas de energía que creaban la ilusión de que era más jóven. En su rostro, un frondoso bigote de un pelirrojo tan claro que parecía anaranjado se unía a sus igual de frondosas y anaranjadas patillas, dejando únicamente su perilla expuesta, mientras que su cabeza era completamente calva, exponiendo la gruesa y grotesca cicatriz que recorría su parte superior.

-Buenos días, señor Quiller -dijo Alistair, educado y afable, sin molestarse en reaccionar al comentario, pues ya estaba acostumbrado a esas cosas.

En efecto, ese hombre no era otro que Aulay Quiller, dueño de la taberna "El Yelmo Quebrado". En el tiempo que llevaba trabajando para él, había descubierto que, pese a su actitud bromista, burda y extremadamente excéntrica, el tabernero poseía un buen sentido para los negocios, una personalidad difícil de influenciar con facilidad y un muy buen instinto. No por nada su establecimiento era uno de los puntos de reunión más populares de toda la ciudad.

-Buenos días, niño -dijo el hombretón, mostrando una sonrisa tan ancha que por un momento pareció que su bigote acabaría tocando sus ojos color avellana-. Espero que estés listo para partirte la espalda trabajando, porque el Gremio de Aventureros está organizando una campaña de exterminio en el Bosque de Caleb y eso quiere decir que tendremos a una horda de aventureros buscando emborracharse dentro de poco.

- ¿Una campaña de exterminio en el bosque? -preguntó él-. ¿Acaso ocurrió algo?

-Bah, nada importante, parece que la población de lobos se salió de control y los mercaderes se quejaron porque sus caravanas están siendo atacadas -respondió Quiller, encogiéndose de hombros y pasando una mano por el delantal sucio que siempre llevaba puesto, en esa ocasión en conjunto con una camisa blanca y unos pantalones marrones desgastados-. Son un puñado de niñitas lloronas. Ya querría haberlos visto cuando el Rey Goblin y sus ejércitos aterrorizaban toda la región, la cabeza aún me duele cuando recuerdo a ese bastardo.

Los goblin eran una raza de criaturas humanoides muy bajitas y escuálidas, de piel verdosa y rasgos afilados y monstruosos. Poseían una inteligencia mayor a la de un mero animal, hasta el punto en que eran capaces de utilizar herramientas y vivir en sociedades tribales muy primitivas, pero aún así eran seres dominados por el instinto y sus impulsos naturales, por lo que no se los consideraba una raza sapiente. Por si solos, eran más débiles que un niño humano pero compensaban eso poseyendo una capacidad reproductiva impresionante, la cual los convertía en un peligro cuando atacaban en grupo. Se habían vuelto infames por atacar a viajeros solitarios y villas alejadas y poco defendidas, pero aún así eran una amenaza al nivel de una plaga molesta y generalmente se encargaba a los aventureros dar caza a cualquier grupo de goblins que se volviese demasiado molesto.

Sin embargo, todo eso había cambiado veinte años atrás con la aparición de un goblin mucho más listo y poderoso que cualquier otro del que se tuviese registro, un ser con un intelecto que se decía era equiparable al de un humano y una habilidad marcial temible. Ambicioso y brutal, aquel goblin derrotó y absorbió a todas las otras tribus goblin que habitaban el Bosque de Caleb, el cual se extendía por gran parte de esa provincia y se encontraba a meros días de distancia de la ciudad, y creó un ejército de lo más temible con el que se dispuso a conquistar el territorio de los humanos, comenzando por Dalry y los pueblos aledaños. Muchas personas fueron asesinadas o esclavizadas por las fuerzas de ese monstruo, que desde entonces pasó a ser conocido como el "Rey Goblin", antes de que el Duque William Cowan, gobernador de Dalry y de toda la provincia de Garn, organizase sus fuerzas, valiéndose no solo de sus propios hombres sino que también reclutando a cuantos aventureros le fue posible, en la que se convirtió en la mayor campaña de exterminio en casi dos siglos.

El propio Quiller había sido uno de los aventureros reclutados para esa campaña, pues por ese entonces su renombre como guerrero era bien conocido. Según los propios testimonios del tabernero y de muchas otras personas, él se cotnaba entre los hombres que habían luchado junto al Duque durante la batalla final de aquella campaña, cuando las fuerzas del Rey Goblin habían sido repelidas y su escondite en lo profundo del bosque asediado. Había sido el hacha del poderoso goblin la que había caído sobre su cabeza, destrozando su yelmo y dejándole una horrible cicatriz pero, milagrosamente, fallando en tomar su vida. A causa de ello, Quiller sobrevivió mientras que el Rey Goblin y los restos de su ejército fueron exterminados, mas esa herida marcó el final de su carrera como aventurero (y, según decían los rumores, fue el origen de los aspectos más excéntricos de su personalidad). Con el dinero que había ganado como recompensa por su servicio, abrió "El Yelmo Quebrado" en uno de las ubicaciones más codiciadas de toda la ciudad y durante las siguientes dos décadas se aseguró de convertirlo en un punto de encuentro habitual para aventureros y viajeros.

-Espero que se resuelva pronto -dijo Alistair, pese a que realmente no le importaba mucho. Le gustaba mantenerse al tanto de eventos como ese para anticiparse a cualquier oportunidad valiosa, pero en ese caso la mera presencia de tantos aventureros allí era suficientemente provechosa.

-Deja que los adultos se encarguen de esas cosas, tú preocúpate porque nadie tenga que esperar mucho por su cerveza o se les ocurrirá causar problemas y yo tendré que partirle la cara a alguien otra vez.

***

Tal y como Quiller había predicho, no pasó mucho antes de que "El Yelmo Quebrado" se viese abarrotado de personas, todas ellas dotadas de un aspecto duro y experimentado, prueba de que no eran ajenas al combate. Casi todas portaban algún tipo de arma y algunas incluso llevaban armadura, quizás porque aún no tenían donde dejarlas o quizás porque no deseaban estar alejados de ellas.

Esos eran los famosos aventureros, fácilmente la profesión más admirada por los jóvenes de Dalry. Atraídos por la idea de recorrer el mundo explorando ruinas antiguas, enfrentándose a poderosos monstruos y ganando fama y fortuna, casi todos los niños soñaban con algún día unirse a las filas de esos hombres y mujeres y escapar del triste futuro que les esperaba si seguían en Dalry para convertirse en héroes. En lo que a Alistair se refería, él veía a los aventureros como poco más que brutos a sueldo sin causa ni lealtad alguna mas que a la de su Gremio, el cual mantenía una estricta neutralidad. Le sorprendía incluso que los gobiernos locales permitiesen operar a una organización independiente como esa dentro de sus tierras, aunque también comprendía que eso se debía a que estos no poseían los suficientes efectivos como para encargarse de todos esos problemas por su cuenta.

Al final, lo mismo daba, él no tenía deseo alguno de convertirse en un aventurero, pero eso no quería decir que no pudiese ver el valor en relacionarse con ellos.

-Doscientas piezas por un nuevo peto. Ese enano es cada día más avaro, se aprovecha de ser el único herrero en esta ciudad que no da pena.

-No es culpa de Yegor. El Gremio de Mercaderes está interfiriendo con el ingreso de materiales para obligar al Duque a encargarse del problema con los lobos lo más pronto posible.

- ¿Y qué culpa tengo yo de eso? ¡Si estoy aquí precisamente para encargarme de esos lobos de mierda!

-Vamos, vamos. En primer lugar, si no te hubieses gastado tanto dinero en el burdel, podrías haberte comprado cuantos petos hubieses querido.

-Tsk.

Conversaciones casuales y distendidas, algunas insignificantes y otras ocultando información que podría probar ser de interés.

-Dos piezas por lobo, esta podría ser nuestra oportunidad de pagar tu deuda, Effie.

-El problema es cuántos lobos hay realmente en ese bosque. Si no son suficientes, tendremos que estar compitiendo con todos los otros grupos.

-Peor sería que sean demasiados, prefiero que todos volvamos vivos a pagar mi deuda.

-No te preocupes, Effie, la suerte nos sonríe esta vez, puedo sentirlo.

Alistair siempre se aseguraba de escuchar con atención y guardar nota mental de cualquier dato llamativo, eso cuando no era él quién iniciaba la conversación. Era curioso, pero la gente solía considerar su presencia poco más que un elemento más del decorado, lo cual a su vez causaba que hablasen de forma más suelta de lo que lo hubieran hecho frente a una persona distinta. El alcohol que consumían también ayudaba mucho.

-Escuché que "Espadas de Ademar" participará de esta campaña.

- ¡No me jodas, ¿en serio?! Torquil me dijo que es un grupo de puras bellezas élficas.

-Oh, no tienes idea. Nuestras mujeres parecen ogros comparadas con ellas.

Dada la profesión de la mayoría de los clientes en esa ocasión, el principal tema de conversación era la inminente campaña de exterminio, mas incluso así habían quienes discutían sobre otros temas, el tipo de temas que él encontraba más atractivos.

- ¿Cómo se encuentra Pat?

-Mal, ese bastardo de Bernard tenía alguna mierda venenosa en su cuchillo y los sacerdotes están intentando purgarla de su cuerpo antes de sanarlo. Dicen que pasará varios días en cama y no podrá participar de la campaña.

-Basura infeliz, ¿es que la guardia no tiene pensado hacer nada?

-Dicen que no tienen pruebas para juzgarlo y no van a arriesgar el cuello metiéndose en ese barrio solo para que quede libre a los pocos días.

- ¡Eso no es justo! ¡Tenemos que hacer algo!

-Olvídalo, su banda es demasiado peligrosa, Pat no debió haberse metido con ellos en primer lugar.

- ¡¿No piensas hacer nada luego de que nuestro compañero fue apuñalado?! ¡¿Acaso eres un cobarde?!

- ¡¿Es que no lo entiendes?! ¡No podemos ir contra esta gente, son criminales sin el más mínimo sentido del honor o la decencia¡ ¡Pat podrá considerarse afortunado si sale vivo de esta! ¡Soy el líder de este grupo, es mi responsabilidad evitar que nos metamos en una pelea de la que solo saldremos muertos, y eso si no nos tienen preparado un destino peor!

Justo cuando el alboroto comenzaba a captar la atención de las personas cercanas, un grueso puño cayó sobre la mesa de las dos personas enfrascadas en esa discusión. Un fuerte golpe resonó por toda la taberna e hizo callar a todos los presentes. Los clientes habituales apenas dirigieron miradas curiosas, mientras que el resto se alarmó más ante aquello y dirigieron su atención al origen de ese sonido, solo para encontrarse con un sonriente Aulay Quiller.

-Vamos, gente, que este es un lugar para beber y sonreír, no para pelear -soltó el tabernero, mostrando una sonrisa tan exagerada que resultaba más aterradora que otra cosa-. Las peleas arruinan la cerveza y no hay mayor tragedia que una cerveza arruinada.

- ¡Será difícil que puedan arruinar tu cerveza, Quiller! -exclamó uno de los clientes habituales, indiferente al ambiente tenso que se había asentado en el lugar- ¡Ni todas las peleas del mundo podrían empeorar este sabor a culo de ogro!

- ¡Tú conoces bien a qué saben los culos de ogro, ¿no es así, Fulton?! -replicó Quiller, acostumbrado ya a intercambios como esos con sus clientes.

Toda la sala estalló en risas ante el comentario y la tensión en el aire se desvaneció como si nunca hubiese existido. Los clientes que habían estado discutiendo no rieron, pero al menos tuvieron la sensatez de calmarse y beber en silencio.

Cosas como esas eran más que usuales en "El Yelmo Quebrado" y el que nadie hubiese acabado recibiendo un puñetazo podía considerarse un suceso afortunado. Debido a ello, aquella discusión pronto desapareció de las mentes del resto de los clientes y del propio tabernero, cuya habilidad para prevenir incidentes era digna de reconocimiento. Alistair, sin embargo, no se olvidó del asunto en lo más mínimo, pues el hombre que aquellas personas habían mencionado era de mucho más interés para él que los lobos del Bosque de Caleb.

Bernard. Esa no era la primera vez que oía ese nombre, mucho menos de forma negativa o acompañado por un insulto. Había oído a muchos clientes, principalmente los que tenían residencia permanente en la ciudad, hablar de aquel infame personaje, un peligroso criminal que lideraba una banda asentada en los bajos fondos de Dalry, un sector en el oeste de la ciudad empobrecido y prácticamente abandonado por la guardia debido a la fuerte presencia de grupos criminales. Una de las primeras cosas en las que las monjas habían insistido una y otra vez en cuanto tuvo permiso para salir del convento fue que él no debía acercarse a ese lugar bajo ningún concepto y, pese a su exploración del resto de la ciudad, hasta ese día él no las había desobedecido. Claro está, no era que no lo hubiese hecho por un deseo de ser un niño bueno, sino que porque sabía que era un lugar al que no podría acercarse sin poseer más información y saber exactamente qué buscaba allí.

Durante varios meses, había estado atento a cualquier rumor que involucrase actividad criminal en esa zona, en particular la de grupos organizados, y había recolectado mucha información sobre las bandas que se disputaban el control de los bajos fondos y sus líderes. De todos ellos, el tal "Bernard" había sido el hombre del que más había oído, y no por nada, pues tras oír esa anécdota había corroborado finalmente que este era ciertamente el más poderoso y peligroso de todos los criminales de esa ciudad.

Ahora que sabía eso, ya venía siendo hora de que conociese al hombre en cuestión.

Receive SMS and Send Text Online for free >>

« Previous My Bookmarks Chapters Next»

Novel »
Next  »