Serpiente de la Reencarnación [Spanish] 3 Capítulo 3

-Vaya, ¿qué libro estás leyendo esta vez, Alistair? No creo que quede nada en nuestra biblioteca que no hayas leído ya.

Aquella voz, dotada de un tono dulce y maternal al que él ya estaba más que acostumbrado, captó inmediatamente su atención y causó que despegase sus ojos del libro en el que había estado inmerso hasta ese momento. Una sonrisa gentil apareció inmediatamente en su rostro, la cual no era otra cosa una reacción deliberada y carente de honestidad alguna, aunque aún así convincente.

-Es el "Compendio de la flora del Reino de Praiven" del erudito Miles Sillars, Hermana Margaret -dijo él y expuso la dura cubierta de aquel libro en la que aparecía su nombre, emulando la alegría con la que un niño comparte su último descubrimiento con su madre. Sus ojos, dorados como su corta cabellera, brillaban de forma apasionada. Inicialmente había considerado el color de sus ojos como algo anormal, pero pronto había descubierto que en ese mundo abundaban las personas con ojos con los colores más inusuales-. Quería aprender sobre las hierbas de la zona, un mercader dijo que muchas de ellas pueden usarse para crear pociones.

-Veo que has encontrado un nuevo pasatiempo -comentó aquella mujer, Margaret, divertida por la curiosidad insaciable de quien veía como su protegido. Ella también poseía unos ojos de un color inusual, aunque en su caso eran verdes y relucientes como el jade-. Sé que nada de lo que diga te detendrá, pero ten cuidado con esas hierbas, muchas de ellas son venenosas.

-No se preocupe, Hermana Margaret, el libro explica cómo diferenciarlas -replicó Alistair-. Seré cuidadoso.

-Sé que lo serás -dijo ella, sonriente, antes de retirarse.

Diez años habían pasado desde que el alma de Alexander Walker había reencarnado en aquel mundo como Alistair (nombre que compartía con un santo), un huérfano común y corriente, y durante ese tiempo, él se había dedicado casi completamente a acumular cuanto conocimiento e información le fue posible. Esa labor no había sido sencilla, pues en ese mundo el conocimiento era algo reservado para los adultos con los recursos para adquirirlo y él ni era un adulto ni tenía ninguna fortuna a su nombre. Al final, no le había quedado más opción que depender de la información que los adultos compartían con él, generalmente conmovidos por su supuesta curiosidad infantil, y la muy reducida colección de libros que el convento en el que vivía poseía, para lo cual había dependido enormemente de la ayuda de la Hermana Margaret, la monja que dirigía dicho convento y quien lo había recibido y bautizado cuando él día de su nacimiento en ese mundo. Habías sido ella quien le había enseñado no solo el idioma del lugar sino que también su lenguaje escrito.

Tal y como había sospechado, ese era un mundo que se encontraba en un nivel de desarrollo tecnológico mucho más atrasado que el de su vida pasada, comparable quizás con el que su mundo anterior había tenido durante la Edad Media. No solo eso, la cultura de aquel mundo era también bastante arcaica, con la mayoría de las naciones regidas por sistemas monárquicos (aunque sabía de la existencia de al menos una república) y la sociedad dividida principalmente entre nobles y plebeyos, los cuales a su vez se dividían según su nivel económico. A decir verdad, las similitudes entre la forma en la que las sociedades de ese mundo estaban compuestas y lo que él sabía de las sociedades medievales eran más que llamativas, hasta el punto en que sospechaba que la existencia de otras personas reencarnadas como él definitivamente había tenido algo que ver con ello.

Así mismo, existía otro posible motivo para que ese mundo no fuese tan avanzado, uno que yacía en una de las cosas más importantes que este poseía y el otro no. Dicha cosa era la misma que había capturado el interés de Alistair durante sus primeros momentos en ese mundo: la magia, el fantástico y misterioso poder que parecía capaz de volver lo imposible, posible.

En efecto, la magia existía en ese mundo y su naturaleza y potencial eran algo que ni siquiera los sabios comprendían completamente. Era una suerte de fuerza sobrenatural que impregnaba todo lo que existía y permitía a quienes accedían a ella manipular la realidad de formas variadas e impresionantes, ya fuese al curar una herida en cuestión de segundos, proyectar una ilusión capaz de engañar a los sentidos, reducir una ciudad entera a cenizas y muchas cosas más. Todo dependía en la habilidad del mago y su entrenamiento, lo cual supuso una desagradable sorpresa para él, pues no solo resultaba que su talento para la magia era bastante mediocre, sino que además no poseía ni el estatus ni los recursos para permitirse cualquier tipo de enseñanza relacionada con la misma, pues eso era algo reservado para los ricos y poderosos, con algunas excepciones existiendo para los grandes prodigios, entre los que no se contaba. De momento, la magia era algo fuera de su alcance, a menos que decidiese unirse al clero y aprender la magia que las monjas y sacerdotes como Margaret poseían, pero las desventajas de elegir ese camino eran demasiadas como para que valiese la pena considerarlo.

Por fortuna, el resto de la información que había reunido le había resultado mucho más útil. Mediante la misma, sabía que había nacido en Dalry, la ciudad capital de unas de las provincias del Reino de Praiven, ubicado en el sudeste del continente de Laeria. Al parecer, todo el sudeste del continente era ocupado por naciones humanas, mientras que el resto era hogar de todo tipo de razas exóticas y diferentes, desde enanos y elfos hasta hombres-bestia y nautilos (una especie de seres humanoides con características físicas propias de un pulpo). Descubrir la existencia de otras razas además de la humana había sido algo impactante para él, pues estas no solo existían sino que muchos de sus miembros se habían esparcido por todo el continente, hasta el punto que solo necesitaba salir a una calle transitada para poder ver una colección de todo tipo de seres yendo de aquí para allá. Además de esas razas consideradas "sapientes", en ese mundo existían también todo tipo de criaturas impresionantes, algunas de las cuales eran capaces de usar magia a su muy particular modo y suponían un peligro, en especial las más feroces, como los legendarios dragones.

Realmente, Alistair había renacido en un lugar de lo más impresionante, aunque también uno demasiado distinto a aquel mundo en el que él se había alzado hasta lo más alto. Era por eso que había dedicado esos últimos diez años a aprender cuanto le fuese posible, pese a sus limitaciones. Había mucho que no sabía y mucha información que incluso los más cultos ignoraban, pues ese era un mundo cuya extensión y funcionamiento no habían sido explorados completamente, pero cada pieza de información le permitía prepararse mejor para la gran empresa que pronto habría de iniciar. En particular, él había pasado esos últimos años centrándose en conocimientos más prácticos, tales como las propiedades de las hierbas de la región y el proceso de creación de pociones (una suerte de elixires capaces de curar heridas, fortalecer el cuerpo o tener otros efectos igual de útiles dependiendo de sus materiales y la habilidad de quien las crease), tema al que se encontraba dedicado en la actualidad.

En esos mismos momentos se encontraba conversando con Margaret en la pequeña biblioteca del convento en el que vivía, un complejo controlado por la Gran Catedral, la principal organización religiosa del continente, en especial entre las naciones humanas.

Como había descubierto unos años atrás, él era el hijo ilegítimo de Helen, una de las prostitutas del burdel local, y uno de sus clientes, aunque nadie sabía cuál. El día en el que había nacido, su madre había sido traída a ese convento cuando se encontraba ya en labor de parto y, pese a los esfuerzos de las monjas y la particular magia curativa que Margaret poseía, apenas había vivido lo suficiente como para darlo a luz. Pese a que Alistair no sentía pesar alguno por la muerte de esa mujer que ni siquiera había conocido y a la que apenas consideraba como su madre, se sentía extremadamente agradecido con ella por haberle permitido renacer en ese mundo.

Había llegado allí con muchas condiciones en su contra, ya fuese el encontrarse en lo más bajo de lo bajo en la escala social o su falta de talento para la magia, pero eso no importaba. Sus experiencias como Alexander Walker eran todo lo que necesitaba para superar cuantos obstáculos se presentasen en su camino.

***

Cansado tras horas de lectura, Alistair finalmente salió de la biblioteca y emergió al amplio patio del convento, un espacio verde rodeado por galerías de roca pulida en donde los otros huérfanos se encontraban jugando, como solían hacer siempre que no tenían lecciones o las monjas no les encargaban algún quehacer. Como ya era usual, en cuanto estos notaron su presencia, interrumpieron su juego, salieron corriendo en su dirección y lo rodearon, con sus rostros brillando con esa alegría inocente que solo un niño puede poseer y que él meramente emulaba para ocultar su verdadera naturaleza.

En el tiempo que llevaba en ese convento, Alistair había conseguido establecerse como una especie de líder entre los huérfanos, al ser el más listo, sabio e intrépido de todos ellos. Las monjas solían sonreír al ver aquello, comentando sobre el magnetismo del joven sin comprender que eso no se debía a ningún carisma natural, sino que al anciano manipulador cuya alma habitaba ese cuerpo.

-Al, Al, ¿ya terminaste de leer? -preguntó Coll, un niño de cabellera castaña y desaliñada, ojos azules y rostro plagado de pecas. "Al" era el apodo afectivo con el que casi todos los niños se referían a él, pues encontraban su nombre completo difícil de pronunciar-. Entonces juega con nosotros.

Hace tiempo ya que les había dejado claro que no debían molestarlo mientras se encontraba en la biblioteca a menos que se tratase de algo importante. Al principio no le habían hecho caso, pero tras unos cuantos sermones por parte de las monjas, habían comenzado a mostrarse más cooperativos.

-Ahora no puedo -dijo él, adoptando el tono con el que uno se dirigiría a un hermano menor, pese a que Coll era unos meses mayor que él y no poseían vínculo sanguíneo alguno-. El señor Quiller me dijo que me necesita antes de la primera campanada de la tarde.

Aulay Quiller era el dueño de "El Yelmo Quebrado", la principal taberna de Dalry, y el hombre para el que Alistair trabajaba en la actualidad. Ante la necesidad de fondos para sus proyectos personales, había convencido al tabernero de que le permitiese trabajar allí como una suerte de mesero. El trabajo no pagaba mucho, pero eso se veía compensado por la facilidad con la que le permitía conversar y extraer información interesante de los clientes, algunos nativos de la ciudad y otros provenientes de rincones lejanos, en especial luego de que estos hubiesen bebido unas cuantas jarras de cerveza. Además, también le servía de excusa para estar fuera del convento sin que nadie le pidiese explicaciones.

-No es justo -se quejó Coll, frunciendo el ceño y dando un pisotón, como hacía siempre que se molestaba-. Estás todo el día leyendo o trabajando, nunca juegas con nosotros.

-No te preocupes, les prometo que mi próximo día libre los llevaré de excursión por la ciudad -dijo en un tono cómplice. La libertad de movimiento de Alistair le había permitido explorar aquella ciudad a gusto, hasta el punto en que conocía sus callejones y rincones más ocultos mejor que muchas personas que llevaban décadas allí. Los niños lo sabían y debido a ello era usual que hiciese de guía para ellos durante esas "excursiones"-. No le digan nada a la Hermana Margaret o a las demás, pero creo que encontré el lugar perfecto para nuestro escondite.

Todos los niños parecieron emocionarse al oír aquello y en sus ojos apareció la llama de la imaginación mientras imaginaban cómo sería ese escondite y qué cosas podrían hacer allí. Esa imagen trajo a su mente el nostálgico recuerdo de su primera niñez, cuando no era más que un mocoso que no comprendía nada del mundo ni se había convertido en el peligroso ser que era en la actualidad, y pasaba el rato con sus amigos construyendo bases secretas y simulando todo tipo de aventuras. Ese mundo podía ser distinto, pero la mente de los niños funcionaba del mismo modo, en especial la de esos huérfanos, quienes anhelaban con fuerza tener un lugar que considerar realmente suyo y convertir en un reemplazo del hogar que les había sido negado.

-¡Genial! ¡Podremos jugar a la corte y a los bandidos y esconder nuestro tesoro allí! -exclamó Peter, un niño de cabello cobrizo y liso, ojos color ámbar y rasgos que vaticinaban que sería un hombre atractivo en un par de años.

-P-pero los adultos se enojarán si nos metemos en un lugar peligroso -intercedió Evelyn, una niña que, como Alistair, poseía una cabellera rubia, aunque sus ojos eran violáceos y solían estar ocultos tras su flequillo, crecido intencionalmente para hacer eso debido a la timidez que la caracterizaba-. Los guardias se enfurecieron mucho cuando nos atraparon la última vez.

-No se preocupen, yo me encargaré de que no nos ocurra nada -los tranquilizó Alistair, proyectando calma y confianza. Inmediatamente pudo ver como la expresión de Evelyn y otros niños que parecían dudar cambiaba-. Será nuestro escondite secreto y los adultos no sabrán nada de eso, nos aseguraremos de eso.

Esas palabras fueron suficientes para extinguir las dudas y preocupaciones de sus compañeros y, tras unos comentarios más sobre su inminente excursión, él se separó de ellos para dirigirse a "El Yelmo Quebrado".

Aquellos eran buenos niños y muchos de ellos tenían potencial, pero, para su desgracia, la casualidad había decidido ponerlos en una situación muy complicada. Como huérfanos indeseados en un mundo que no trataba con cariño a los desprotegidos, ellos no poseían un verdadero lugar al que pertenecer ni la certeza de que los esperase un futuro mejor, pues aquel convento solo les serviría de hogar hasta que hubiesen cumplido dieciséis años, momento en el que pasarían a ser considerados adultos y deberían valerse por su cuenta. Sin sustento apropiado ni una educación comparable a la de los hijos de nobles y de plebeyos adinerados, tendrían suerte si conseguían algún trabajo mediocre en esa ciudad, pese a que cada uno de ellos guardaba sueños mucho más grandiosos y ambiciosos.

Un hombre más moral y bondadoso habría sentido lástima por la situación de esos huérfanos y dedicado sus fuerzas a garantizarles un futuro afortunado, pero Alistair no era ni jamás había sido ese tipo de hombre. Aunque tampoco despreciaría a esos jóvenes ni tenía interés en empeorar las cosas para ellos, estaba en su naturaleza el aprovecharse de aquellos que se encontraban en una situación como esa y convertirlos en valiosos peones. Eso no quería que los usaría y desecharía como meras herramientas, pues, al fin y al cabo, estos eran personas y ese tipo de trato solo le ganaría su desprecio. En su lugar, él planeaba crear un futuro para ellos a su lado, uno en el que estos conseguirían el éxito y seguramente desarrollarían una enorme gratitud hacia él por ello, pues no actuaba motivado por el altruismo sino que por su propio beneficio.

Ese era precisamente el tipo de hombre que Alistair era, uno manipulativo y pragmático que estaba tan dispuesto a traer desgracia a otros como a beneficiarlos ampliamente, todo con tal de avanzar sus intereses.

Ahora mismo, había poco que esos niños pudiesen ofrecerle más allá de transmitirle algunos rumores y hacerle favores menores, pero en unos años, el convento comenzaría a buscarles trabajos que hacer con la esperanza de que pudiesen desarrollar una profesión e incluso conseguir una fuente de ingresos permanente antes de volverse adultos, como ya lo hacía Alistair. Cuando eso ocurriese, esos niños que lo adulaban y trataban como su líder habrían de convertirse en sus ojos y oídos a lo largo y ancho de Dalry, así como los agentes de su voluntad. Él obtendría un grupo de subordinados leales desde una temprana edad, unos que podrían actuar sin que nadie sospechase de ellos debido a su juventud; y eso sería solo el principio, pues tenía más planes para quienes mostrasen verdadera promesa.

En un futuro no muy lejano, Dalry habría de servir de escenario para el inicio de su ascenso al poder.

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