Serpiente de la Reencarnación [Spanish] 2 Capítulo 2

Una luz cegadora invadió sus ojos en cuanto los abrió, lo cual lo forzó a pestañear repetidamente de forma brusca para adaptar su visión. Casi al mismo tiempo, el resto de sus sentidos también comenzaron a volver a él.

Escuchó el sonido de voces inteligibles y el golpeteo del metal. A sus fosas nasales llegó una mezcla de incienso, sangre y otros aromas poco agradables que no supo reconocer. Por su parte, su cuerpo se sentía húmedo y pegajoso (sensación particularmente incómoda) a la par que cálido, lo cual se debía a que alguien estaba sosteniéndolo, cosa que le resultó más que bizarra hasta que recordó que ya no era un adulto.

Tras unos segundos, finalmente consiguió adaptar sus ojos lo suficiente como para que una forma borrosa apareciese frente a él, una que ganó más y más claridad hasta convertirse en una mujer de rasgos gentiles, larga cabellera castaña y, ocultos tras unas gafas redondas, unos ojos verdes como el jade que parecían resplandecer de una forma que él no habría creído posible hasta entonces. Pese a no llevar maquillaje alguno, era considerablemente bella.

En un acto casi inconsciente, extendió su mano hacia ella, causando que ante sus ojos apareciese la extremidad rechoncha y diminuta de un bebé.

Esa era definitivamente una experiencia surrealista, hasta el punto en el que él permaneció un buen rato con su vista clavada en su pequeña mano, abriéndola y cerrándola para confirmar que realmente le pertenecía. La mujer de los ojos verdes debió confundir aquello por la curiosidad de un recién nacido, pues soltó una risilla afectuosa.

-Se nu oñin mohesro y dluabales -dijo ella, hablando en un lenguaje que él no podía siquiera reconocer.

-Al darem enugrameste es rigalraea ed iro soe -comentó otra voz en ese mismo lenguaje, aunque dotándolo de un tono mucho más melancólico. Dada su posición, no le era posible ver nada más que el rostro de la mujer de ojos verdes, pero por cómo sonaba, supuso que aquella persona debía ser otra mujer, aunque una entrada ya en edad-. Is nat oslo es ebuihes enantidom noc daiv suno monestom sam apra predo lover.

-Ed adna veirs antarlem ol viebatleni, Hanmare Grace -dijo la primera mujer y entre todas esas palabras desconocidas él consiguió distinguir lo que sonaba como el nombre de su interlocutora: Grace-. Es cenranbota ne nu atesdo ledporebal danocu olgel a srosoton y le topra efu dasadeomi urdo apra lela, le rome hohce ed que yaha gusenidoco natersemen noc daiv hasta traer la oñin la numod se depsornenter.

-Al Iasod bede hebar divetrineno a us varof.

-Rop nu metomon, tiem que evitueses torume. On ah raldolo ne gunnin metomon.

-Ah diso nu topra ficlidi, saquiz soe ol faecto y rop soe on ralol.

-Saquiz, oslo aqued zerra a al Iasod que on yaha ofrusid gunnin oñad temperenan.

Parecía que la barrera idiomática sería uno de los primeros obstáculos que tendría que superar para facilitar su nueva vida en ese mundo. Dado que nadie esperaba que él supiese hablar desde un principio, no sería difícil camuflar su aprendizaje de ese nuevo lenguaje como un proceso natural, aunque lamentablemente no podría aprender tan rápido como le gustaría sin exponerse, y eso era algo que no planeaba hacer.

Según las palabras de Ur, existían otras personas como él, habitantes de su mundo original reencarnados en ese mundo, pero no sabía cuál era la opinión pública sobre ese tipo de personas ni qué podría ocurrirle si se descubría que era una, suponiendo que no tuviesen algún modo de descubrirlo sin importar qué hiciese. De momento, lo ideal sería mantener un perfil bajo y acumular información sobre ese nuevo mundo. Comprender el nuevo escenario al que había sido arrojado era vital para comenzar a trazar planes a largo plazo.

Estaba determinado a volver a perseguir su ambición, mas antes de siquiera pensar en comenzar a construir su nuevo imperio, había cosas de las que necesitaba encargarse. Conocimiento, habilidades, contactos y recursos, todo eso sería necesario para dar inicio al trabajo en el que habría de dedicar el resto de su vida. No pensaba volver a desperdiciar décadas sin hacer nada de valor, pero tampoco necesitaba apresurarse.

Mientras pensaba en esas cosas, la mujer de los ojos verdes lo llevó hasta el otro extremo de la habitación en la que se encontraban. Lo poco que pudo captar con su visión le reveló que se encontraba en un lugar de aspecto bastante rudimentario, con muros de piedra que evidenciaban un trabajo de masonería que dejaba bastante que desear y ninguna señal de iluminación eléctrica ni ninguna pieza de tecnología ¿Acaso lo habían parido en un pueblo muy anticuado, por no decir arcaico? ¿O era ese el nivel de desarrollo tecnológico general? Ahora que lo pensaba, Ur no había dicho nada sobre ese mundo, más allá del hecho de la tendencia de sus dioses a enviar a sus "elegidos" a hacer cumplir su voluntad.

La mujer finalmente separó su cuerpo del suyo, gracias a lo cual él pudo observar su vestimenta. Su atención se dirigió inmediatamente al hábito blanquecino que esta vestía, contaminado ahora por unas manchas rojizas que con toda certeza provenían del mismo lugar que el líquido que cubría su cuerpo y parte del olor que había detectado en un principio. No vestía ningún otro adorno ni accesorio, lo cual, sumado a la ausencia de maquillaje en su rostro, le daba un aire más que humilde y sencillo. No había señal de ningún tipo de símbolo religioso, pero aún así se permitió suponer que se encontraba frente a una monja.

Su cuerpo fue depositado en un cuenco de madera de tamaño considerable, uno que bien podía ser un baño para bebes o una pila bautismal, suponiendo que la religión de ese mundo poseyese prácticas de ese estilo. Recostado en ese cuenco, su mente fue consciente una vez más de su desnudez, algo extrañamente usual desde su fallecimiento. No pudo evitar sentir cierta incomodidad al notar aquello, pues pese a que su cuerpo era ahora el de un bebé, su cerebro aún se aferraba al recuerdo de quien había sido en su vida pasada, gracias a lo cual él tenía la particular imagen mental de su yo anciano exponiendo su cuerpo desnudo a una monja, cosa que no le hacía mucha gracia. Después de todo, pese a haber cometido suficientes crímenes y pecados en su vida pasada como para haber estado seguro de que iría al Infierno en cuanto la posibilidad del castigo divino se le había presentado, el exhibicionismo y la perversión nunca habían sido uno de ellos y no planeaba que comenzarán a serlo.

Ignorante del problema que él enfrentaba o de la verdadera identidad de ese aparentemente inocente bebé, aquella monja acercó sus manos abiertas al cuenco y las dejó quietas sobre este, permitiéndole en el proceso apreciar los callos que las decoraban, prueba de que no era ajena al trabajo físico. Su primera impresión fue que ese movimiento de manos era algún tipo de gesto religioso, mas la verdadera respuesta resultó ser mucho más impresionante.

- [Arcer Gaau Endibat].

Como si respondiese a las incomprensibles palabras de la monja, un breve chorro de agua cristalina y brillosa (cosa que él jamás había visto hasta entonces) se materializó repentinamente desde sus manos y cayó de forma gentil dentro del cuenco, apenas lo suficiente como para que él sintiese su espalda humedecerse. A continuación, la monja tomó un trapo y comenzó a lavar su cuerpo, pero él estaba demasiado impresionado como para prestar atención a algo así o recordar su incomodidad anterior.

Acababa de ser testigo de un suceso que atentaba completamente contra toda la lógica que él acarreaba de su vida anterior. La audiencia con Ur había sido impactante también, pero en cierto sentido su mente había sabido aceptar lo increíble e insondable de la existencia después de la muerte, por no mencionar que aquel dios-serpiente era un ser que trascendía su comprensión completamente. Aquello, sin embargo, le resultaba aún más impresionante por la forma casual en la que aquella aparentemente simple monja lo había hecho. Ver al dios de la muerte de otro mundo manipular almas era una cosa, ver a una "mera" monja crear un agua tan hermosa de la nada con la misma facilidad con la que uno abriría un grifo era otra, quizás no en escala pero si en lo que a expectativas se refería.

Pese a no ser muy versado en el tema, él sabía que un liquido podía pasar de estado gaseoso a uno líquido mediante el proceso de condensación, pero no de una forma tan súbita y mucho menos como respuesta a un mero gesto con las manos y una orden verbal. Algo como eso pertenecía más al reino de la ciencia ficción, o quizás al de la fantasía. Dado el aparente atraso tecnológico de ese lugar, sus suposiciones acabaron por inclinarse por esa segunda opción, aquella que le ofrecía una respuesta que no hacía más que generar una infinidad más de preguntas.

Magia.

La parte más cínica y racional de su mente inmediatamente se burló de la mera idea, pues atribuir una naturaleza sobrenatural a un fenómeno que uno no podía comprender era algo propio de los ignorantes y los incultos. Sin embargo, su instinto y aquella parte de él que había comenzado a mostrar un poco más de fe tras su encuentro con Ur le convencieron de no despreciar esa idea. Después de todo, ¿que acaso no había sobrevivido al fin natural de su existencia gracias a la intervención de una deidad en forma de serpiente? ¿Que no había mantenido una conversación con ese ser supremo y discutido sobre el ciclo de la vida y la muerte, la reencarnación y la intervención divina, conceptos que no habían despertado su interés hasta entonces? ¿Que no era ese un mundo nuevo, uno del que no sabía casi nada y cuyas posibilidades eran ilimitadas? ¿Por qué habría de funcionar este del mismo modo que el mundo del que provenía o estar atado por las mismas reglas? Tras haber sido testigo de tantos sucesos extraordinarios y fantásticos, cerrar su mente y aferrarse a la lógica del mundo que había dejado atrás sería un acto de ignorancia mucho más severo.

Tampoco era como si necesitase llegar a una conclusión inmediatamente, ya tendría varios años para aprender todo lo que necesitase sobre ese mundo, pero no podía evitar que su mente comenzase a formar hipótesis y planes basados en las mismas. Una vida de manipulaciones y complots había llevado a que eso fuese casi un proceso inconsciente para él.

Si aquello realmente era magia, o algún poder sobrenatural comparable a la misma, entonces eso cambiaba completamente las cosas. La existencia de un poder tan misterioso y cuyos límites él no conocía aún era una variable capaz de destrozar todos los planes que había formulado hasta ese punto, algo completamente nuevo para él. Su mundo había sido uno regido por la ciencia y privado de la existencia de todo tipo de poder místico o habilidad sobrehumana, uno cuyas reglas y funcionamiento él había aprendido a la perfección y aprovechado para llegar más lejos que cualquier otra persona que le hubiese precedido; si ese nuevo mundo era distinto y allí regían reglas nuevas y extrañas, entonces era posible que parte de su experiencia acumulada acabase siendo inútil o incluso supusiese una desventaja. En ese aspecto, la magia tenía el potencial de ser tanto la herramienta que le permitiría acelerar sus planes como un obstáculo difícil de superar.

Comprender y adaptarse a la lógica de ese nuevo mundo habría de ser una de sus mayores prioridades. Después de todo, uno no podía esperar triunfar en un juego si ni siquiera conocía sus reglas y lo mismo aplicaba en ese caso, incluso si él veía aquello como algo más serio pero no menos entretenido que un simple juego.

Parecía que las cosas serían más entretenidas de lo que él había supuesto.

Estaba tan sumido en sus cavilaciones que no volvió a prestar atención a la monja hasta que esta terminó de lavar su cuerpo y lo alzó en el aire de tal forma que sus rostros quedaron a la misma altura. La expresión en el rostro de la mujer era tan dulce e inocente que él estaba seguro de que unos años atrás habría corrio riesgo de ser atrapado por sus encantos, cosa a la que, por suerte, se había vuelto más resistente al entrar en el ocaso de su vida. Claro está, incluso si ella hubiese despertado alguna pasión en ese momento, él habría tenido algunos problemas para perseguirla considerando que tenía el cuerpo de un recién nacido.

-Al Iasod jorta a ut darem a srosoton y et tegopiro sartenim siaven a tese numod, ed araho ne etedanal srosuten erbed ares laerv orp ut gudesadir y ut filecadid tasha que et yahas overnoctid ne nu berhom -declaró la monja, seguramente bendiciéndolo o algo de ese estilo-. Zero apra que ut tufruo tese lonel ed hicad y azp...Alistair.

Alistair. Incluso sin entender nada más, supo que de ahora en adelante ese sería su nombre, su nueva identidad. No sería un nombre que quedaría marcado en la historia del mundo ni en la memoria colectiva, así como su nombre anterior tampoco lo había sido, sino uno que conocería un grupo selecto de personas; para el resto del mundo él habría de ser un fantasma, rodeado de misticismo y elusivo. No había sentido en buscar reinar sobre todos como un rey, anunciando su poder por lo alto y lo bajo, eso solo lo convertiría en un objetivo obvio y limitaría sus movimientos. Era en gobernar desde las sombras donde se encontraba el verdadero poder y ese habría de ser su objetivo una vez más.

De las cenizas del hombre que había sido conocido como Alexander Walker habría de emerger Alistair, una versión más sabia, preparada y poderosa del difunto señor del crimen.

Así, en más sentidos que los que el resto sospechaba, tomó lugar su bautismo.

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