Serpiente de la Reencarnación [Spanish] 9 Intermisión 1

- ¡Lanceros, mantengan la formación! ¡Ballesteros, atentos a mi señal!

Las dos filas de hombres que formaban un semicírculo en torno al campamento se tensaron en respuesta a sus órdenes. La fila delantera estaba compuesta por milicianos armados con lanzas y escudos, formando una barrera en torno al área, mientras que los de la fila trasera estaban armados con ballestas, las cuales disparaban desde los huecos entre lancero y lancero. Ambas filas estaban dispuestas de modo que cualquier enemigo que se acercase a ellas se encontraría bajo el ataque de las ballestas y, de no ser abatido por estas, tendría que lidiar con lanceros, los cuales bloquearían el paso y atacarían con sus lanzas mientras los ballesteros recargaban sus armas.

Esa era una de las formaciones más populares y eficientes que se conocían, una que el Reino de Praiven había perfeccionado gracias a la famosa destreza de sus ballesteros. Muchos otros reinos habían adoptado la ballesta desde su introducción hace casi un siglo atrás, pero solo Praiven la había incorporado completamente en sus ejércitos, hasta el punto en que el arco se había vuelto un arma obsoleta para ellos, pese a las ventajas que aún mantenía sobre la ballesta.

A decir verdad, el enemigo al que se enfrentaban volvía el uso de una formación como esa casi excesivo, pero él prefería no correr ningún riesgo.

Habían pasado varios días desde que la campaña de exterminio en el Bosque de Caleb había dado inicio. Tras partir de la ciudad de Dalry, aquel pequeño ejército, mezcla de milicianos y aventureros, había paso los siguientes días viajando por los campos y planicies que caracterizaban a la provincia de Garn y a casi todo el Reino de Praiven. Hace cosa de cuatro días, habían llegado finalmente al famoso bosque, sin haber encontrado problemas en el camino, y, con ayuda de cazadores locales, habían alzado su campamento a las orillas de un río menor que pasaba cerca del bosque. Los lobos que habían venido a exterminar no se mostraron en ningún momento mientras establecían ese campamento y ellos cometieron el error de creer que sus números los habían espantado, un error que descubrieron tras la primera noche allí, cuando aquellas bestias lanzaron su primer ataque, aprovechándose del resguardo de la oscuridad.

El ataque de los lobos los había tomado por sorpresa, pero por suerte ese ejército estaba repleto de guerreros veteranos, hombres y mujeres que habían enfrentado cosas mucho peores que esas alimañas, y pudieron repelerlos antes de que causasen algún daño serio.

Sin embargo, eso no fue más que el principio. A partir de ese punto y en intervalos irregulares, el campamento se vio asaltado por oleada tras oleada de lobos, hasta el punto en que era imposible decir cuántos habían exterminado ya. Incluso con números tan apabullantes, esas bestias eran demasiado débiles como para sobreponerse a ellos, pero la lucha constante y la incertidumbre de cuándo ocurriría el siguiente ataque había comenzado a drenar las fuerzas mentales de la mayoría de los combatientes. Él en particular llevaba mucho sin dormir de forma apropiada, habiéndose visto forzado a siestas cortas de las que despertaba cada vez más exhausto. No había nada que pudiese nada que hacer al respecto pues, a diferencia del resto de los miembros de ese ejército, él era la única persona a la que nadie podía relevar o reemplazar, por virtud de ser su comandante.

En efecto, él no era otro que el Conde Matthew Forbes, el actual patriarca de una de las familias nobles más antiguas de Dalry. Sus ancestros habían acompañado al primer Duque de Garn cuando este había sido enviado a esas tierras por el rey con órdenes de colonizarlas y desde entonces habían formado un linaje de grandes líderes, guerreros implacables y protectores irreprochables. Su propio padre había sido un veterano de la guerra contra el Reino de Adras, un evento que había ocurrido antes de que él naciese, y más tarde se había convertido en un auténtico héroe al dar muerte al perverso Rey Goblin durante la confrontación final entre aquel monstruo y los guerreros del reino. Tal ilustre y épica había sido su vida, que el hecho de que hubiese encontrado su final a causa de una mera enfermedad, parte de una epidemia que había asolado a la ciudad hace unos años, había resultado difícil de creer.

La muerte de su padre había dejado un enorme hueco que él tenía que llenar, no solo como patriarca de la familia Forbes sino que como un noble del reino e hijo de un héroe, y, lamentablemente, Matthew no sentía que lo hubiese conseguido aún. No era que no poseyese la habilidad suficiente como para equiparar los logros de su padre (aunque era cierto que su personalidad estoica lo volvía una figura mucho menos carismática), sino que los tiempos de paz que el Reino de Praiven había experimentado desde la muerte del Rey Goblin le habían impedido tener la oportunidad de demostrar su valor.

Era con ese propósito que él había convencido al Duque de que le permitiese liderar aquella campaña de exterminio. El enemigo en esa ocasión era patéticamente débil, más un incordio que una amenaza, y él sabía que nadie cantaría canciones ni compartiría relatos de esa batalla, pero aún así era su mejor oportunidad de demostrar al mundo que él era un digno miembro de su linaje.

- ¡Más lobos por el flanco derecho! -anunció el capitán miliciano que supervisaba ese sector.

Un mero vistazo le permitió corroborar que, efectivamente, un grupo de al menos veinte lobos cargaba contra ellos. A diferencia de los lobos que había visto en el pasado, esos eran muchos más feroces y mucho más escuálidos, probablemente porque llevaban tiempo sin alimentarse apropiadamente. No había mejor prueba de ello que el hecho de que, ocasionalmente, esas bestias se atacasen entre ellas, disputándose la carne de sus caídos.

Matthew esperó hasta que aquellos pequeños monstruos de pelajes marrones y ojos amarillentos estuvieron lo suficientemente cerca antes de dar ninguna orden. Los milicianos estaban concentrados en esa formación con el propósito de proteger el campamento, mientras que los aventureros eran los que estaban luchando con el grueso del enemigo unos cuantos metros por delante de ellos. No podían arriesgarse a herirlos por error.

- ¡Ballesteros, disparen! -bramó entonces.

Un aluvión de virotes emergió de la formación y azotó a esas bestias, acabando con varias de ellas e hiriendo de forma cruenta a otras. Aún así, unas pocas consiguieron salir indemnes e intentaron cargar contra los milicianos, aprovechando que los ballesteros tardarían en recargar sus armas. Los lobos eran criaturas muy astutas y el hambre parecía haberlos vueltos aún más peligrosos de lo normal, pero al final no había nada que una bestia pudiese hacer contra el poderío de la humanidad.

- ¡Ataquen! -gritó el mismo capitán que antes.

Un segundo más tarde, las lanzas de los milicianos salieron impulsadas hacia delante de forma prolija y fluida. No todas encontraron a los lobos en su camino, pero las que lo hicieron se aseguraron de que no fuese necesaria una segunda estocada. De las decenas de lobos que habían intentado atacar el flanco, no quedaron más que unos pocos, cuyos quejidos agónicos dejaron en claro que no les quedaba mucho en ese mundo.

Matthew ya había visto esa escena repetirse numerosas veces desde el primer ataque de los lobos. La persistencia de las bestias estaba agotando a todos los guerreros y comenzaba a reducir sus suministros, en particular los virotes de las ballestas, pero aún así la batalla seguía inclinada a su favor. Una parte de él se alegraba de la eficiencia de sus hombres, mientras que otra lamentaba que no conseguiría más gloria en esa batalla que la de un comandante enfrentado a un enemigo al que superaba completamente.

Aún no podía comprender qué había empujado a esos lobos a abandonar la seguridad del bosque para atacar a los humanos, pero claramente habían cometido un terrible error al hacerlo. Si aquello se debía a que su población había crecido demasiado, entonces él se aseguraría de arreglar ese problema, si no lo había hecho ya.

Fue precisamente cuando Matthew comenzaba a sentirse seguro de su victoria que un feroz y monstruoso rugido, uno que no podía pertenecer a ningún lobo que él conociese, resonó por todo el lugar.

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Ewan Breck era una persona que pudiese considerarse suertuda. Más bien, parecía que su suerte compensase cada momento de buena fortuna con uno de desdicha.

Cuando era un niño, su sueño había sido convertirse en un poderoso mago, dominar los misterios de la magia y usar todo tipo de hechizos para realizar grandes hazañas que lo volverían rico y famoso, lo suficiente como para poder comprarle a sus padres una casa llena de sirvientes en el mejor barrio de Dalry. Sin embargo, ese sueño se había visto frustrado antes de que pudiese siquiera comenzar a perseguirlo; aunque poseía un mayor talento para la magia que una persona común y corriente, este lamentablemente no era suficiente como para que la Torre de Magos decidiese pagar su educación y su familia era demasiado humilde como para poder permitírselo. Ser un mago simplemente no era una opción para alguien como él.

Ewan aún recordaba la profunda tristeza que lo había invadido al ser privado de su amado sueño, hasta el punto en que probablemente se habría convertido en una persona mucho más triste y sombría de no haber contado con el apoyo de la que había sido su vecina y amiga desde una muy tierna edad: Effie Deason.

Effie era una persona que se negaba a rendirse o permitir a otros hacerlo, pues era una ferviente creyente de que la batalla no estaba perdida hasta que uno decidía que lo estaba. La energía, determinación y jovialidad de esa niña eran tan intensas como contagiosas y gracias a su compañía, su tristeza se desvaneció poco a poco. Eventualmente, decidió que si no podía realizar grandes hazañas o dar a su madre la vida mejor que había soñado como un mago, solo tenía que encontrar otra forma de hacerlo. No solo eso, sino que también obtuvo un nuevo objetivo: volverse alguien lo suficientemente fuerte como para poder proteger y ayudar a Effie, no solo porque le agradecía lo que había hecho por él sino que también porque había comenzado a desarrollar sentimientos amorosos por ella, pese a que no había sido consciente de ello por aquel entonces.

Durante los siguientes años, Ewan se había dedicado completamente a desarrollar sus habilidades con la espada, anhelando ahora convertirse en un aventurero de renombre como los que solía ver cuando visitaba la sede del Gremio de Aventureros en la Plaza Central de Dalry. A diferencia de la magia, no poseía ningún talento excepcional con la espada, pero gracias a su perseverancia y el apoyo de su amiga, consiguió volverse un espadachín capaz. Effie no había deseado quedarse a un lado y se había unido a su entrenamiento, volviéndose particularmente habilidosa con el arco, un perfecto complemento para el estilo de combate de Ewan. Poco después, al alcanzar los dieciséis años y volverse adultos, se habían registrado en el Gremio de Aventureros, iniciando oficialmente su carrera.

Sus primeros años como aventureros no habían sido nada impresionantes, pero aún así habían conseguido obtener cierta fama como un dúo muy unido y muy capaz y aprendido mucho de los veteranos de aquella profesión. Había sido por esa época que él se había vuelto consciente de sus sentimientos por Effie y se había decidido que en cuanto sintiese que realmente era un hombre capaz de apoyarla y protegerla, le propondría matrimonio.

El destino, sin embargo, le tenía guardada otra sorpresa desagradable.

Cuando su carrera como aventureros apenas comenzaba, el padre de Effie, el único miembro de su familia que seguía con vida, había caído víctima de una epidemia peligrosa. La enfermedad que lo afectaba no solo era difícil de curar incluso con magia, sino que los materiales requeridos para elaborar la medicina capaz de aplacarla eran extremadamente costosos. Tanto Effie como Ewan se esforzaron por reunir ese dinero, pero la provincia de Garn era un lugar con pocos encargos de pagas elevadas y los que había disponibles no estaban al alcance de dos aventureros novatos como ellos.

Al final, Effie había cedido ante la desesperación por primera vez en su vida y había obtenido un préstamo del Gremio de Mercaderes, famosos tanto por la facilidad con la que prestaban dinero a cualquier persona que no poseyese un pasado criminal como por la severidad con la que perseguían a quienes fallaban en pagar de vuelta ese préstamo, más sus intereses. Con ese dinero, Effie había conseguido la medicina para su padre, pero este había fallecido de todos modos, sin saber el precio que su hija había tenido que pagar para intentar salvarlo.

La muerte de su padre y la deuda que ahora cargaba a sus espaldas finalmente consiguieron romper el optimismo de su amiga y sumirla en la desesperanza, pero así como ella lo había salvado cuando eran niños, Ewan se dispuso a salvarla ahora que eran adultos.

Desde ese entonces, ellos dos habían estado trabajando más duro que nunca para reunir el suficiente dinero como para pagar la creciente deuda de Effie, en ocasiones aceptando trabajos peligrosos y arriesgados a cambio de su considerable recompensa. Estaban desesperados y en una constante carrera contra el tiempo, pero la compañía del otro les permitía seguir luchando sin rendirse ni dejarse amedrentar.

Su participación en aquella campaña de exterminio no había sido la excepción. Era la primera vez en veinte años que se organizaba un evento como ese, incluso si no era más que una cacería de lobos, y en cuanto había visto cuánto pagaban por cada bestia abatida, Ewan no había dudado en convencer a Effie de que participasen, pese a las preocupaciones de esta sobre los posibles peligros de esa campaña.

En un principio, él había temido que los lobos no fuesen tantos como las personas atacadas aseguraban y que tuviesen que competir con grupos más grandes o experimentados por sus presas, pero ese temor había resultado ser infundado. Desde el primer encuentro con esas criaturas, había quedado claro que habían más que suficientes de ellas para cada grupo, quizás demasiadas.

No sabían cuanto tiempo llevaban ya luchando desde su último descanso, pero claramente había sido mucho. Al igual que en otras misiones, Effie se encargaba de usar su arco para atacar mientras que él, espada en una mano y escudo en la otra, se dedicaba a mantener a esos monstruos alejados de su amiga. Esa había sido su forma de luchar desde el inicio de su carrera, hasta el punto que, sin siquiera notarlo, él había desarrollado un estilo de combate notoriamente defensivo.

El flujo de aquella batalla los había dejado casi dentro del Bosque de Caleb. A su alrededor, otros grupos de aventureros se encontraban enfrascados en combate con esas bestias, cada uno de ellos usando armas y estrategias distintas. Ewan conocía a prácticamente todos ellos, ya fuese porque habían conversado durante alguna de sus visitas a la taberna "El Yelmo Quebrado", la favorita de los aventureros de la zona, o porque habían trabajado juntos en alguna misión.

Sin embargo, el grupo que más captaba su atención era el único que solo había conocido de nombre hasta entonces, aquel formado por unas mujeres de impresionante belleza, cabelleras doradas, orejas puntiagudas y armadas con unas extrañas espadas de mango largo. Ese era el famoso grupo de aventureras elfas conocido como "Espadas de Ademar" y desde que las había visto en acción, habían captado su atención completamente. Uno pensaría que estaba encantado por su belleza (las miradas irritadas que Effie le dedicaba cada vez que lo atrapaba mirándolas indicaban que ella creía eso), pero lo que realmente lo tenía cautivado era una cosa muy distinta, una relacionada con aquel sueño frustrado de su pasado.

Precisamente en ese momento una elfa de irises tan claras que parecían blancas apuntó con su mano abierta a un grupo de lobos mientras entonaba un extraño canto. Ewan no pudo comprender qué había dicho, pero en cuanto ese canto terminó, el viento frente a ella comenzó a acumularse y arremolinarse hasta adoptar la forma de una majestuosa ave, la cual voló en dirección a los lobos y, con tan solo pasar sobre ellos, abrió dos largos surcos en sus cuerpos de los cuales pronto brotó un manantial de sangre.

Ese era el aspecto realmente atractivo de los miembros de "Espadas de Ademar": como era común en su raza, cada una de ellas poseía aptitud para un tipo de magia elemental. No solo eso, sino que, a diferencia del sistema de magia usado por los humanos, los elfos se especializaban en utilizar a los espíritus, seres de pura magia que solían existir ocultos de los ojos de los mortales, para realizar hechizos. Se decía incluso que aquellos cantos que los elfos usaban al invocar su magia era una petición de ayuda a aquellos espíritus y que sus magos más habilidosos formaban un pacto con espíritus de gran poder.

Ewan había abandonado su sueño de ser un mago hace mucho tiempo ya, pero aún así no podía evitar sentirse impresionado al ser testigo aquello que había anhelado por tanto tiempo y hasta ese entonces no había sido capaz de siquiera ver en acción.

Por desgracia, no había lugar para distracciones como esas en el campo de batalla.

- ¡Ewan, izquierda! -gritó Effie, alarmada.

Aquel grito lo tomó por sorpresa, pero aún así sus reflejos no le fallaron y dirigió inmediatamente su vista hacia el lugar que su amiga le indicaba, justo a tiempo para ver a un lobo abalanzándose sobre él. No tuvo tiempo siquiera para pensar en lo que hacía, su cuerpo reaccionó antes de que su mente lo hiciera y alzó su escudo, no para bloquear simplemente el ataque de la criatura sino que, usándolo como si de un arma se tratase, para incrustarlo en sus fauces, bloqueándolas por unos segundos a la par que era derribado. En cuanto sintió la madera de su escudo crujir ante los intentos de su enemigo de destrozarlo de un mordisco, no dudó en lanzar su espada hacia adelante, directamente contra su torso. La hoja atravesó a la bestia de lado a lado y él pronto noto como esta perdía todas sus fuerzas y aflojaba su escudo, cayendo inerte sobre su cuerpo.

El Gremio de Aventureros requería que trajese una prueba de las criaturas que había exterminado para darle su recompensa (en ese caso, la cola de los lobos), pero en esos momentos él no tenía la libertad de perder el tiempo en esas cosas. El ataque de la bestia lo había forzado a dejar a Effie desprotegida por demasiado tiempo.

Apresurado, arrojó el cadáver del lobo a un lado y dirigió su atención a la posición de su amiga de la infancia. Afortunadamente, los pocos lobos que habían ido a por ella durante ese tiempo no habían conseguido dañarla, gracias a la habilidad de esta con el arco. Eso era bueno, no habría podido perdonarse a sí mismo si Effie hubiese salido herida por culpa de su descuido.

Agradeciendo ese golpe de suerte, Ewan se incorporó y se dispuso a regresar junto a Effie, prometiéndose no cometer más errores estúpidos mientras su seguridad dependiese de él.

Fue entonces cuando lo vio.

Quizás fue porque su enfrentamiento con aquel lobo lo había dejado peligrosamente cerca de la parte más densa de aquel bosque.

Quizás fue porque sus sentidos se habían agudizado más de lo normal tras ese roce con la muerte.

Quizás fue por mera casualidad, o más bien su mala suerte actuando una vez más. Pensándolo bien, siquiera considerar que la suerte le sonreiría con otro propósito que para mofarse de él había sido un torpe error.

Ante él, emergiendo de la profundidad del bosque, se encontraba algo mucho más aterrador y monstruoso que cualquier lobo. Era una criatura notoriamente robusta y dotada de un tamaño comparable al de una carroza, con su masivo cuerpo cubierto por un pelaje de un color marrón oscuro. Avanzaba lentamente, sus gruesas patas hundiéndose en la tierra con cada paso que daba, y en cuanto esta se hubo acercado un poco más, Ewan descubrió, para su horror, que sus oscuros ojos estaban clavados en él mientras esta exponía sus enormes colmillos con clara hostilidad.

Era un oso, pero uno de unas dimensiones y un aspecto voraz como él jamás había visto antes. Comparados con esa abominación, los lobos a los que se había enfrentado lucían como cachorritos inofensivos. En un súbito momento de claridad, finalmente descubrió la respuesta a la pregunta que muchos se habían hecho desde el anuncio de esa campaña: ¿qué podría haber llevado a tantos lobos a abandonar su hogar en las profundidades del Bosque de Caleb y atacar a los humanos que, astutamente, solían evitar? Ahora él sabía la respuesta: ese oso monstruoso era el responsable, aquella criatura era la que había robado sus presas habituales a esos lobos y no solo los había forzado a abandonar su territorio, sino que también los había expulsado del bosque.

El nuevo misterio ahora era: ¿de dónde había salido esa criatura y por qué estaba allí en esos momentos?

Ignorando las posibles respuestas a esas incógnitas, la mente de Ewan estalló en señales de alerta e hizo todo en su poder por indicarle que debía alejarse de allí, no solo de las cercanías de ese monstruo sino que de toda esa zona; que debía tomar a Effie y regresar a Dalry a toda prisa, incluso si eso suponía desertar de esa campaña y perder la oportunidad de obtener recompensa alguna. Sin embargo, su cuerpo estaba completamente paralizado por un miedo tan intenso que incluso mover un solo dedo le suponía un esfuerzo titánico.

Mientras él permanecía allí congelado, el oso terminó de emerger del bosque y se alzó en sus dos patas traseras, proyectando una figura tan alta como tres hombres adultos. Entonces, para el horror de todos los presentes, soltó un rugido tan poderoso y feroz que la mismísima tierra pareció temblar en respuesta.

Esa fue la señal de inicio de aquella pesadilla.

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